I Como pechos violentos desbocados hacia manos disponibles, temblorosas; hacia labios cuyo asedio ya no es necesario.
Como risas desatadas por las noches cuando llueve y corriendo por las calles destilamos efímera alegría.
Como flores contráctiles extrañas halladas de repente donde uno menos las espera -¿en el fondo de un sueño?- y su presencia nos seduce aún al despertar.
Como sendas que nos llevan a sitios impensados en donde ocurren hechos ajenos a nosotros, pero ya no deseamos regresar o no nos dejan. Como soltamos las amarras, el pelo, las ropas asfixiantes, los deberes que se asumen por costumbre cuando anochece una mañana o al mediodía caen pájaros gorjeando calamares desde un cielo enrarecido de presagios. Así son los extravíos de esta historia que me teje a su antojo y me despeña de mí mismo cuando encuentro tan cambiado aquel rostro del espejo, las viejas fortalezas del espíritu. II No hay secreto sin destino. y sin embargo me contemplo otro al perderme en el temblor de líneas no siempre paralelas, más bien convergentes, que apuntan hacia un final en cuyo vértice -incógnita abierta- puede esperar cualquier cosa: Dios, la tragedia, la nada sin fisuras o una pequeñísima gota de plenitud en tus brazos.