Cirios inmensos para siempre encendidos, surtidores de piedra, torres de esta ciudad en la que, para siempre, estoy de paso como la muerte misma: poeta y extranjero; maravilloso barco de piedra en que atalayan los reyes y las gárgolas mi oscura existencia. Los viejos tejedores de Europa todos juntos beben, cantan y bailan sólo para sí mismos. La noche únicamente, no cambia de lugar, en el barco lo saben los vigías nocturnos de rostros mutilados. Ni aun la piedra escapa -igual en todas partes- al paso de la noche.