Celindas

Celindas

Entre celindas estabas aquella tarde de estío. Por el cielo de tus ojos volaban los ruiseñores. Y era el amor en tu frente sereno como el rocío; y era la risa en tus labios como un manojo de flores.

Concreta como el guijarro te mirabas en el río y el agua te iba meciendo con sus brazos interiores. Era bello, incandescente y exacto tu cuerpo mío, tu cuerpo para ser ave y junco de mis amores.

Entre celindas estabas, entre celindas vivías, entre celindas nevadas, con el perfume prudente de la celinda en la brisa rebelde de tu paisaje.

Y entre celindas murieron mis cálidas fantasías, mis ilusiones de bronce, mi corazón exigente y el sobrio sabor robusto y firme de mi coraje.