Adiós

Adiós

¿Recuerdas? Era así. Césped de alfombra florecía en colores dulcemente, y en la vibrante y tibia y clara sombra era verdad tu cuerpo adolescente.

Dorados, rosas, blancos, tus vestidos: gaviotas de aquel cielo, extenuadas por adioses inmensos, sólo oídos en mis remotas playas deslumbradas.

¡Adiós, amor! Tu fuego ya en mi pecho. ¿Dónde el mundo y su forma, luz gozosa? ¡Huye, cintura breve, astro deshecho,

opaca ya en tu piel la luz hermosa! Nada quedaba, boca. Así fui hecho a la furia: besar un ascua rosa.

Canto al demonio de la sangre

Una vez más tu látigo de fuego, ¡déspota de la sangre! , y adelante. Tu música brutal de mar furioso que el mundo toca, ¡y adelante! ¡Oh Capitán! Tú sabes que en la sombra velé y velé mi guardia, cada noche, y que nunca cedí. Que el medio día no sonó a calma para mí. Que siempre que tu voz me llamó, presente estuve, pronto a mí guerra. Que la primavera, rosa o mujer, no adormeció mi anhelo: tú sabes, Capitán, que el mundo es breve para tu voz Y para mi destino.

Y, por eso quizá…

Es madrugada, Y un divino claror inunda el aire: era violeta, es rosa. .., dime, dime, ¿dónde está lo que fue, quién lo sostiene? Yo miro los colores que suceden en el aire sereno, ahora que salgo vencedor de la noche. ¡Alerta, alerta! Miro el matiz aquél: oro entre rosa, y siento así temblar mi vida leve. Mi Capitán, mi espléndido Tirano, ¿cuál es tu voz; serás cuando yo huya? ¿O eres quizá inmortal?… Pero tu sangre es mi sangre, tu voz mi voz, tu impulso es sólo mi apetencia. Y yo he de irme. Lo sé, bien sé: como el dolor violado abandona esa tenue, tenue nube, como el agua que fluye entre los juncos, o el racismo cumplido en el otoño… Un día me iré. ¿Cuál es nuestro destino?

¡Oh Déspota, tú apremias el mandato, tu alto azote de mar, tu ardiente tralla! ¡Hay cumbres a escalar en donde el viento ciñe de gloria la irradiante frente! ¡Guerras en que esgrimir, como una espada, la voluntad de amar a hachazos ciegos! ¡Apetencia de ser! ¡Amor! ¡Los labios aún vírgenes al beso donde el rojo no es color, sino vida! ¡Criaturas de belleza mortal! ¡Perenne gloria! ¡Ser! ¡Y ser más! Tu látigo, Tirano, restalle bien. Eso es la vida. ¡Sigue!

Pero luchar, amar, poseer la gloria, ¿es madurar el hombre hacia lo eterno? ¡No es vida, mi Demonio, lo que pido; quiero inmortalidad y permanencia! ¡No! Sólo a Dios, a Ti, mi Dios oculto, mi silencioso Dios, es a quien quiero, ¡Tú, mi Libertador!

Nunca el tirano restallaría su látigo en mi sangre si ella creyera en Ti como yo creo. Pero la sangre es monte y viento y mar, es loba, o savia de la tierra ardiente, y ama su carne, mi Señor, la forma que el tiempo nutre, la belleza vana. Más Tú lo sabes, Dios. Que no te olvido, que a tu gloria combato. Que si amo a mi sangre, a las dulces criaturas que, de sangre también, hacen tu mundo, es por tuyas, mi Dios. Dame el destino de confiar en Ti, y cuanto haga según mi sangre mientras dure el tiempo, en tu gracia florezca. ¡Entonces llega, oh Capitán de fuego, y nunca cese tu mandato imperioso, y mi batalla! Quiero creer, ¡También la vida es santa! Y aunque vano es el mundo y sus criaturas, y es Dios quien quiero que jamás me olvide, ¡Déspota, ordena! Y que mi amor disperso me dé inmortalidad y permanencia.

Carmen de la eterna vida

Miraba yo las rosas penando de alegría, solas entre mis manos, atónitas, perdidas.

Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas. Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.

Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente vi florecer los ramos de luz dorada y verde.

Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo. Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.

( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa, aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.

Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno. )

Felicidad contigo. Nos viven y sustentan en lo hondo de la noche las eternas estrellas.

¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día, nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.

Carmen de la riqueza

Yo, muchacho aldeano, regresando por mis años de fresca y verde senda, traigo, para tu tiempo, la alegría de aquella inagotable primavera.

Para tu boca traigo la caricia de tantas flores de color que sueña; para tus ojos en los que oscurece, la estrella de la tarde triste y bella.

Traigo la voz del agua que ha pasado en el silencio tibio de la hierba; te traigo el cielo, corazón sonoro con álamos de música y ribera.

Abre tu alma. Mira el valle inmenso. Nos ha correspondido esta riqueza. es todo tuyo. el borde de la dicha va más allá del tiempo y de la tierra.

Carmen de la tarde bella

Querría solamente una rosa; esta luz clara y tibia en los ojos, y una rosa entre las verdes hojas.

Una rosa, para mirarla, para descansar, para sentir el alma y ver su forma; para estar solamente en silencio, en armonía con la tarde hermosa.

Dejar que el tiempo, como una muchacha deshoje su blanca corola, eligiendo, dejando caer entre las cosas, nuevas cosas; el tiempo de luz y de sombra…

Quisiera solamente ser una ternura frente a otra; quisiera únicamente soñarte; quisiera una rosa, una rosa.

Carmen de la voz más pura

¡Maravillosos pájaros del alba! Los musicales ramos del aire, quietos. ¿Para quién cantamos?

…Decís el cielo, lejana rosa y violeta; en lo alto, es azul, tiempo. ¿Para quién cantamos?

La primavera secará sus flores. cuando el amor vuele en el viento, el tallo estará roto. ¿Para quién cantamos?

¡Música dulce, oh voz de madrugada! No he conocido lo que amo; pero yo canto con vosotros, ¡maravillosos pájaros!

Carmen de las manos maravillosas

¡Versos de amor! Qué pronto queda dicho todo, sin empezar. Es igual que mirar al cielo iluminado alguna vez.

Tan honda en lejanía, tan puro lo que quisiéramos cantar. Pero qué decir de una rosa en la mano, en el corazón.

( Sentarse al borde de una fuente, sedientos, y verla temblar en el junco verde, en el pájaro que alegra la onda de la luz.

Tan indecible y sin palabras como adorar, quedar, sentir al aire en flor de una sonrisa toda nuestra felicidad. )

Yo no sé bien por qué, tentado de imposible, quiero decir cómo la dicha excede al hombre, cómo es tan inefable ser;

¡ser, solamente, ser, completos, esto que somos al amar! Una lira sonora, ebria, en manos… ah, ¿de quién, de quién?

Carmen de unos recuerdos

Hermosa, sólo hermosa. Estrellas tibias en tu pelo suelto que el aire combatía; prados floridos, cielos en el agua, curvados animales ligeros cuerpo abajo, ladera abajo; pechos gacelas; áureas caderas con caballos. Todo, fuego en un río de espacio musical, cauce de astros infinito. Sí: bella, hermosa. Sonreías como cálida nieve; mirabas pasar ríos; concedías labiales claveles oprimidos, auroras vacilantes, luz negra, hiedras ardientes cuerpo adentro.

¡Oh rosa hija del tiempo, agua del tiempo, floreciente lago de tiempo! Junto a tus orillas he soñado la vida, y he mirado anchos los cielos. Aunque todo pase, yo amaré siempre. Poso mi cabeza sobre la roca, muevo el horizonte, y oh sollozado ramo de palabras, golpeo el agua clara. ¡Fuente, luz del ser, con tu imagen! ¿Te soñaba? Tenía una estrella en el pecho. Y tú eras hermosa, eras hermosa; sonreías…

Carmen del amor implacable

Está lejos el mar, pero recuerdo el musical chasquido de las olas -oh cima, oh prados de agua florecida-, corona de la fuerza melodiosa.

Está lejos el mar, pero recuerdo la luz del sol en mil alfanjes rota, la intensidad feroz, la luz de fuego reverberando, primavera honda.

Oh, la visión alegra y embellece la tristeza infinita de las horas en espera; el azul innumerable acoge al alma innumerable y sola.

Está lejos el mar, pero ¿quién ama sin recordar las implacables olas? La Fuerza insoportable hiere, rapta, y de palabras bellas nos corona.

Carmen del éxtasis

Distraída del mundo; más, lejana como un vuelo de pájaros, tú existes donde el silencio empieza, donde el alma.

Donde las avenidas, misteriosas de árboles altos y de sombra extraña nos llevan a la pena más hermosa; donde la noche llora, constelada frente a sí misma, porque todo es poco,

porque los mundos brillan en la nada, como nosotros, donde la belleza suspende el tiempo; donde canta mi voz más sola; en mi reducto último, allí estás tú, silencio, alma.

Alza los ojos, tienes la cabeza de una imposible luz aureolada; quieres, querrías, pero no te sientes, porqué eres sólo noche, noche clara.

¡Ah, dame ese silencio, rompe esta belleza que nos mata! Y en tu infinita noche, álcese un viento dulce, despertando ramas.