Canción triste

Canción triste

Mi tristeza decía:

¿Qué flor nueva iluminas en tu tierra de voz? Sangran viejas heridas, y llora el ruiseñor de ayer, al aire nuevo, su canción.

Y yo:

¡Ay, amor, que te fuiste y te vuelves; ay, amor!

Mi alegría decía:

No sé si el tiempo gira, o si retorno yo, pero rosales de oro miro otra vez en flor, y en una fuente seca juega el agua y el sol. ¡La primavera vuelve, corazón!

Mi corazón decía:

¡Primavera otra vez! Cántale, ruiseñor, tu antigua y siempre nueva, siempre bella canción: «Cuánto te quiero, mi vida y mi sol. ¡Ya el nomeolvides tuyo floreció!»

Y yo decía, sólo, tu estribillo, canción:

¡Ay, amor, que te fuiste y te vuelves; ¡ay, amor!

El amor que lucha

Hacia días hermosos voy contigo, llevado por tus ojos desnudos, por tu voz sin palabras. ( Ojos hondos que guardan las auroras del mundo, tibia voz de caricia, penetrada y callada…)

Se abren lentas las puertas del ensueño lejano… Ya estamos en el tiempo que quizá no tuvimos; somos ya de la infancia que la tierra florece… La esperanza indefensa da fe del paraíso.

No huir, ¡ir hacia adentro! Hemos vuelto a la vida.. Sólo ser; sólo, siempre, penetrar en el alma. Y sentir que palpita, desolada y remota, en el mundo en tinieblas, una estrella que ama.

…Mas quien vive en ti, odia, catedral de mendigos; ¡el amor rompe a tajos las murallas del miedo, y endurecido en ira desprecia, sobrepasa al ser feliz, desea, quiere acercar su reino!

(Si el amor más precioso terminara en sí mismo, ¡oh qué joya de escarnio frente a aquellos que sufren! Pero cuando volvemos de la dicha sin tiempo, hay un luchador grave en cada amante dulce.)

Elegía a la belleza exterior

Quiero cantarte hoy, amor mío, con voz de cielo bajo el agua. Tú me estás arrancando con la vida esta canción, ay, ésta, la más tierna y amarga.

Tú me estás enseñando con la y ida un paraíso de rosas y manzanas; por tu mirada niña y tu voz sola la primavera más antigua canta.

Aquí me tienes queriéndote tanto, llorándote como una flor sin alas, porque te vi, y ya no podré quejarme si no encontré lo que buscaba.

¡Yo te busqué! Pedí al mundo y al sueño una forma que me expresara, y anhelé, sobre todas las cosas, conocer la verdad de mi alma.

¿No existe nada, amor, que nos exprese? ¿Tu eres también también desesperanza? Aquí estoy otra vez sin respuesta mientras todo es tránsito y sueño y distancia.

Pero ya no podré quejarme aunque me cieguen la mirada. He visto en ti lo deseado bajo la luz de la esperanza.

Ya te miré. No sólo el cielo de lejanía inviolada, el misterioso país de las formas que enseñan ensueño y distancia.

No sólo ángeles y diosas en la niebla azul de la fábula. ¡Sino también lo bello aquí, la tierra hermosa y su abundancia!

Cada vez que la vida agita como una brisa la pradera mágica, miro pasar la belleza sangrando música y besos y palabras;

entonces, amor mío, llega la primavera casi extenuada, y hace nidos en tus cabellos para mis palomas y palmas;

entonces, amor mío, entonces, todo en el mundo se prepara para cobijarse en tus ojos como un anillo en el fondo del agua

y surgen vivas en tu boca todas las flores que esperaban. ¡Oh, noche de mi corazón llena de pájaros que cantan!

¿Quién no querrá llorar de fuego amordazado por mil guitarras? ¡Amor! ¿Quién no te verá entonces durmiendo en brazos de la nada?

Cuando dos horas de flor joven van a juntarse o se separan, cuando la última pared se rompe, nos asomamos otra vez al alma.

Hemos llegado ya a la cima, desdoloridos y sin ansia. Pero esperamos descanso y respuesta y vemos sólo otra vez distancia.

Aquí me tienes aún mirándote, soñándote con la nostalgia de no haberte visto en la vida. Aquí tienes mi herida esperanza.

¡Ese soy, sobre nuestra muerte! ¡Roto en la luz de tu mirada! ¡Llorando, soñando por ver a través de tu forma mi alma!

Voy a sentarme junto al río, y miraré pasar el agua. Te vi. Ay, de mí. No diré que no encontré lo que buscaba.

Futuro envejecido

Los niños, muchos niños, piden techo, lloran alma, tiritan sin rencor. Acaso está lloviendo, acaso hubo la naranja que no alcanzó su mano, o el frío, o las muchísimas estampas que no vieron jamás. O los zapatos que están rotos…

La letra jota de jugar, jardín, las letras de alegría que arden solas, ¿dónde yacen? Quisiéramos saber…

Los niños quieren recobrar su edad.

Una concha y un pan, un monigote, bastan, mas ¿dónde están? No veo el rostro de esos niños debajo de su cara: veo un disfraz registrador que suma tiempo, y tiempo de adultos, tiempo y duelo, dolor y hasta un final. ..que escaparíamos, oh Dios, qué hacer, qué haríamos, esto es demasiado, esto no puede ser! Nosotros, antes, indudable, muchos ya no tuvimos casi juventud; había sin Instituto tanto que aprender, tanto que ver en serio, ojos redondos; y además qué más da, si era estupendo vivir ya de verdad. ..Cumplidos hombres de doce años entonces… Nos mataron al muchacho. Fue triste, pero un niño está siempre en nosotros. Esto ahora… Qué extraña la vejez si no hubo vida. Qué edad terrible, adulta sin edad. ¡Qué hacer, digo; qué hacer! Rebotan, vuelven, aun con rumor de guerra, tierno César Vallejo, las palabras de aquel llanto: ¡Ah! iDesgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer! Mucho, mucho, ¡así es!

“España, pasión de vida” 1945-1950

Honda es la herida del amor al verte…

Honda es la herida del amor al verte en mis ojos mortales reflejada; pero la daga más apasionada la hunde el recuerdo, España: poseerte

es mirarte en el alma, hecha ya suerte entrañada y total frente a la nada; pues en ti está mi vida sustentada, y en ti mi sangre ha de vencer la muerte.

En el recuerdo y en el pensamiento cumpliendo voy mi vida y tu memoria. ¡Roca inmortal, límite al mar y al viento:

hecha mi sangre verbo de tu gloria, arrástreme tu cauce violento hasta fundir mi sino con tu Historia!

Lamento

¡Seguid, seguid ese camino, hermanos; y a mí dejadme aquí gritando!

¡Dejadme aquí! Sobre esta tierra seca, mordido por el viento áspero -campanario de Dios frente al derrumbe rojo del ocaso-.

¡Dejadme aquí! Quiero gritar, tan hondo en el dolor, tan alto, que mi voz no se oiga sino lejos, muy lejos, libertada del tiempo y del espacio.

¡Dejadme aquí! Dejadme aquí, gritando…

Otra voz

Durante tiempo y tiempo, mirando a las estrellas, entre dulces muchachas, flores azules, pájaros de colores, y otras circunstancias así de tiernas y conmovedoras, el poeta fue un erguido girasol celeste, deslumbrado en el vivo resplandor de la lejana e impasible belleza.

Poesía

Bajo el alba, entre rosas extasiadas, salí camino del cielo, para ver si te encontraba.

Para ver si te encontraba, y tú, mi vida, no estabas. Tú no estabas. Entre rosas, llamándote, bajo el alba.

Hallé rosas de la aurora venciendo mares de sombra. Miré rosas de la tierra, erguidas porque las quieran, las besen. Cántico del sol que muere, vi las rosas del poniente. Los ángeles las regalan.

Y tú, mi vida, no estabas. Rosa de nadie, ignorada. Tú, que te harás porque si, y sin servir para nada.

De tu perfección avara, purísima, alma del alma, rosa bella, sin motivo, oh, poesía mía, increada.

Último sueño

Aquí hubo un hombre. Aquí, sobre este borde mismo, yo vi su chorro erguido cesar, caer de pronto. En esta misma esquina del tiempo estaba, estuvo. Pero aquí ya no hay nadie. El silencio y mi llanto.

Yo miré con fijeza los ojos que aún brillaban en el borde. Y me dieron su secreto de pronto. Despertaba, aquel hombre. Había dormido mucho, en un profundo ensueño semejante a la vida.

Lo recordaba todo como un largo viaje: había tibios valles, grandes y frías lunas, o estrellas perfumadas de azahares y almendros; y agua entre guijas, dulce, donde posar los labios.

Otras veces el viento se ceñía con ansia sorbiendo tristes hojas amarillas; la lluvia que desnuda y empapa lo viviente, caía. Mas la belleza hiere, deja el dolor, y huye.

Y los hombres… Pasaban, más veloces que el mundo. Cruzaban sin mirarse. Corrían de prisa, ciegos, brutalmente asediados por fábricas, o barcos, o un olor repentino a dura hembra mojada.

¡Cómo tus tristes muros, soledad, levantaste! Sólo antes, cuando el niño fue pétalo en la aurora, oh fuente del ser, clara, la madre remotísima dio amor, beso que aún dura, separación aún viva.

Sólo alguna vez, luego, fugaces, unos ojos que dulcemente hicieran recordar los primeros. …¡Oh triste, triste sueño! La soledad por siempre, y ahora que ya despierto, que como niebla olvido…

Porque todo fue sueño, porque despierto y miro la luz, la luz. He sido. jPorque ya nada quiero! Porque hace tres mil años que tú me acariciabas, jmimosa, honda, vacía!, para que me despierte…

Como dormidos viven los hombres. No lo saben. ¡Yo acuso, yo golpeo, yo clamo! Aquí fue un hombre. Antes de tres mil años otro vendrá: ¡miradlo! Mirad. Este es el borde. Nadie responde aquí.

“Cantos al destino” 1945

Un deber de alegría

¿Yo fui triste? En la noche siento que avanza el mundo como el amor de un cuerpo, como la pobre vida, combatida y cansada, aún encuentra en la noche la ceguedad del cuerpo, la ternura del cuerpo queriéndose, buscando en quién querer, con manos deslumbradas y humanas.

Todavía, mientras dura la noche, mientras la soledad, tan tuya, y la inmensa tristeza, sedienta y sin sosiego de los que multiplican tu soledad en mundo funden -Eugenio, España- una tiniebla sola, todavía algo queda en el alma, y si aprietas los ojos por despertar, por no creer la sombra, aún fragmentos de aurora la sangre te daría.

Cuando la pobre gente de nuestro pueblo llega del sudor y del polvo, del trabajo vendido con el alma cerrada, cuando llega y encuentra el día que se acaba temblando en la lumbre cocida y alimenticia, llega y cae, la pobre gente oscura, derribada en las sillas; y encuentra la sonrisa todavía, la hermosa, prodigiosa sonrisa -si hay algo prodigioso- del viviente que tiene aún no lo necesario; entonces, duramente, algo en mí se incorpora, y siento, sin remedio, un deber de alegría.

No hay fatiga. Nosotros excedemos el tiempo. La estatua congelada detenida en las calles, nosotros estrechamos su mano y la fundimos. Ellos, ellos, quienes casi no viven, y esperan, me lo dicen, y yo puedo escucharlo.

Nunca sueña quien ama, nunca está solo. La pujanza es idéntica. De la rosa ofrecida al amor, a la piedra fijada con amor, a las balas hundidas y enseñadas por amor, todo avanza y edifica. ¡Despierta!

Y enemigo, expulsado de la tristeza, siento cómo la aurora iza su bandera rociada.