Una vez más tu látigo de fuego, ¡déspota de la sangre! , y adelante. Tu música brutal de mar furioso que el mundo toca, ¡y adelante! ¡Oh Capitán! Tú sabes que en la sombra velé y velé mi guardia, cada noche, y que nunca cedí. Que el medio día no sonó a calma para mí. Que siempre que tu voz me llamó, presente estuve, pronto a mí guerra. Que la primavera, rosa o mujer, no adormeció mi anhelo: tú sabes, Capitán, que el mundo es breve para tu voz Y para mi destino.
Y, por eso quizá…
Es madrugada, Y un divino claror inunda el aire: era violeta, es rosa. .., dime, dime, ¿dónde está lo que fue, quién lo sostiene? Yo miro los colores que suceden en el aire sereno, ahora que salgo vencedor de la noche. ¡Alerta, alerta! Miro el matiz aquél: oro entre rosa, y siento así temblar mi vida leve. Mi Capitán, mi espléndido Tirano, ¿cuál es tu voz; serás cuando yo huya? ¿O eres quizá inmortal?… Pero tu sangre es mi sangre, tu voz mi voz, tu impulso es sólo mi apetencia. Y yo he de irme. Lo sé, bien sé: como el dolor violado abandona esa tenue, tenue nube, como el agua que fluye entre los juncos, o el racismo cumplido en el otoño… Un día me iré. ¿Cuál es nuestro destino?
¡Oh Déspota, tú apremias el mandato, tu alto azote de mar, tu ardiente tralla! ¡Hay cumbres a escalar en donde el viento ciñe de gloria la irradiante frente! ¡Guerras en que esgrimir, como una espada, la voluntad de amar a hachazos ciegos! ¡Apetencia de ser! ¡Amor! ¡Los labios aún vírgenes al beso donde el rojo no es color, sino vida! ¡Criaturas de belleza mortal! ¡Perenne gloria! ¡Ser! ¡Y ser más! Tu látigo, Tirano, restalle bien. Eso es la vida. ¡Sigue!
Pero luchar, amar, poseer la gloria, ¿es madurar el hombre hacia lo eterno? ¡No es vida, mi Demonio, lo que pido; quiero inmortalidad y permanencia! ¡No! Sólo a Dios, a Ti, mi Dios oculto, mi silencioso Dios, es a quien quiero, ¡Tú, mi Libertador!
Nunca el tirano restallaría su látigo en mi sangre si ella creyera en Ti como yo creo. Pero la sangre es monte y viento y mar, es loba, o savia de la tierra ardiente, y ama su carne, mi Señor, la forma que el tiempo nutre, la belleza vana. Más Tú lo sabes, Dios. Que no te olvido, que a tu gloria combato. Que si amo a mi sangre, a las dulces criaturas que, de sangre también, hacen tu mundo, es por tuyas, mi Dios. Dame el destino de confiar en Ti, y cuanto haga según mi sangre mientras dure el tiempo, en tu gracia florezca. ¡Entonces llega, oh Capitán de fuego, y nunca cese tu mandato imperioso, y mi batalla! Quiero creer, ¡También la vida es santa! Y aunque vano es el mundo y sus criaturas, y es Dios quien quiero que jamás me olvide, ¡Déspota, ordena! Y que mi amor disperso me dé inmortalidad y permanencia.
Carmen de la eterna vida
Miraba yo las rosas penando de alegría, solas entre mis manos, atónitas, perdidas.
Miraba antes las rosas. Quería tener, tenerlas. Quería querer. Quería. Mas la forma no sueña.
Yo canté entre los chopos. Y contra el sol poniente vi florecer los ramos de luz dorada y verde.
Y besé el agua, el cielo. Me trasfundí, fui todo. Pero en la cima, siempre, sentí que estaba solo.
( Queremos lo infinito. Nos duele lo que escapa, aunque entre luz y rosas sintamos fluir el alma.
Sólo es cual si cesara la corriente del tiempo con otro tiempo humano. Tú y yo, remanso eterno. )
Felicidad contigo. Nos viven y sustentan en lo hondo de la noche las eternas estrellas.
¡Felicidad! Tendremos, alba de cada día, nuestro infinito en rosas desnudas. Nuestra vida.
Carmen de la riqueza
Yo, muchacho aldeano, regresando por mis años de fresca y verde senda, traigo, para tu tiempo, la alegría de aquella inagotable primavera.
Para tu boca traigo la caricia de tantas flores de color que sueña; para tus ojos en los que oscurece, la estrella de la tarde triste y bella.
Traigo la voz del agua que ha pasado en el silencio tibio de la hierba; te traigo el cielo, corazón sonoro con álamos de música y ribera.
Abre tu alma. Mira el valle inmenso. Nos ha correspondido esta riqueza. es todo tuyo. el borde de la dicha va más allá del tiempo y de la tierra.