Un deber de alegría

Un deber de alegría

¿Yo fui triste? En la noche siento que avanza el mundo como el amor de un cuerpo, como la pobre vida, combatida y cansada, aún encuentra en la noche la ceguedad del cuerpo, la ternura del cuerpo queriéndose, buscando en quién querer, con manos deslumbradas y humanas.

Todavía, mientras dura la noche, mientras la soledad, tan tuya, y la inmensa tristeza, sedienta y sin sosiego de los que multiplican tu soledad en mundo funden -Eugenio, España- una tiniebla sola, todavía algo queda en el alma, y si aprietas los ojos por despertar, por no creer la sombra, aún fragmentos de aurora la sangre te daría.

Cuando la pobre gente de nuestro pueblo llega del sudor y del polvo, del trabajo vendido con el alma cerrada, cuando llega y encuentra el día que se acaba temblando en la lumbre cocida y alimenticia, llega y cae, la pobre gente oscura, derribada en las sillas; y encuentra la sonrisa todavía, la hermosa, prodigiosa sonrisa -si hay algo prodigioso- del viviente que tiene aún no lo necesario; entonces, duramente, algo en mí se incorpora, y siento, sin remedio, un deber de alegría.

No hay fatiga. Nosotros excedemos el tiempo. La estatua congelada detenida en las calles, nosotros estrechamos su mano y la fundimos. Ellos, ellos, quienes casi no viven, y esperan, me lo dicen, y yo puedo escucharlo.

Nunca sueña quien ama, nunca está solo. La pujanza es idéntica. De la rosa ofrecida al amor, a la piedra fijada con amor, a las balas hundidas y enseñadas por amor, todo avanza y edifica. ¡Despierta!

Y enemigo, expulsado de la tristeza, siento cómo la aurora iza su bandera rociada.