Tanto a tus ojos claros desafía el tirano dolor que el alma siente, que a los diluvios de cristal corriente todas sus luces tu beldad les fía.
Vivo el cuidado, mustia la alegría, dio sepulcro a tu sol tu mismo oriente; y, a pesar del ahogo, se consiente más triste si no menos bello el día.
Fue de tus luces providencia rara el que a un afán el llanto las rindiera, y en derretido aljófar anegara;
y a los activos rayos de tu esfera fue preciso que el agua los templara, porque el mundo a su ardor no se encendiera.
Arder en viva llama, helarme luego…
Arder en viva llama, helarme luego, mezclar fúnebre queja y dulce canto, equivocar la risa con el llanto, no saber distinguir nieve ni fuego.
Confianza y temor, ansia y sosiego, aliento del espíritu y quebranto, efecto natural, fuerza de encanto, ver que estoy viendo y contemplarme ciego;
la razón libre, preso el albedrío, querer y no querer a cualquier hora, poquísimo valor y mucho brío;
contrariedad que el alma sabe e ignora, es, Marsia soberana, el amor mío. ¿Preguntáis quién lo causa? Vos, Señora.
Enviando una cesta de jazmines a una dama
Envidiosa es porción de tu blancura esa que hoy de una verde celosía, para honrar a tu mano, hurtó la mía, ésta si cortesana, aquella pura.
El alba bella entre ámbares supura en su limpio cambray sustancia fría, madrugando más éste que otro día y más que a otros crecida su ventura.
Y si ignoras el nombre a estos lozanos jóvenes que te ofrezco a celemines -que con serlo, se miran todos canos-
fácilmente creeré que lo adivines si entre ellos mezclas, Lísida, tus manos. Silos tocas, verás que son jazmines.