Frecuentemente hallé el dolor: vivir era el riochuelo estertoroso, agónico; la llama retorciéndose en la pira; el cabello en la ruta, inútil, roto.
Placer no conocí. Sólo el milagro que obra la divina indiferencia: la estatua erguida entre la somnolencia tórrida, con la nube y el milano.
Versión de Carlos López Narváez