Fluye entre tú y yo en el mirador un claror submarino que deforma perfiles de colinas y tu rostro. Está en un fondo huidizo, cada gesto tuyo es ajeno a ti; entra sin huella y se esfuma, en el medio que cubre cada estela, cerrándose a tu paso: tú aquí conmigo, en este aire bajado para sellar el sopor de las rocas. Yo, caído en el poder que pesa en torno, cedo al sortilegio de no reconocer de mí ya nada fuera de mí: si alzo el brazo apenas, se me vuelve ajeno mi acto, se parte en un cristal, ignota y oscurecida su memoria, y ya el gesto no me pertenece; si hablo, yo escucho atónito aquella voz descender a su gama más remota o muerta en el aire que no la sostiene. Así, en el punto que resiste a la última consunción de la luz, dura el desmayo; y luego un soplo eleva los valles en frenético temblor y arranca de las frondas un rumor muy leve que se extiende entre rápidos humos y las luces primeras dibujan ya los muelles. …las palabras entre nosotros caen suaves. Te miro en un blando reflejo. Yo no sé si te conozco; sé que nunca estuve de ti tan separado como en este tardío retorno. Unos instantes han quemado todo de nosotros: salvo dos rostros, dos máscaras donde se graba una sonrisa desganada. Versión de Jesús López Pacheco