¿Fue Miss Petrus, secretaria y hagiógrafa de Tyrrell, su amante? Sí, fue la respuesta del barnabita, y un movimiento gélido de horror serpenteó entre los familiares, los amigos y otros ocasionales huéspedes.
Yo, apenas un niño, permanecí indiferente a la cuestión; el barnabita era un discreto tapeur de pianoforte y a cuatro manos, quizá a cuatro pies, zapateamos o cantamos «En esta tumba oscura» y otros varios divertimientos.
Que desprendiera un tufo de herejía parecía ignorarlo la familia. Muerto y ya olvidada la persona, supe que estaba suspendido a divinis y quedé boquiabierto. ¿Suspendido de qué? ¿De qué cosa y por qué? ¿A medio aire, en fin, sujeto con un hilo? ¿Sería lo divino un gancho o colgadero? ¿Entra por el olfato como cualquier olor?
Sólo más tarde comprendí el sentido de la expresión y ya no me quedé suspendido de aliento. Aún me parece ver al viejo fraile en la pineda, que ardió hace tiempo, inclinado sobre textos miasmáticos, bálsamo para él. Y nada en el olor recuerda lo demoniaco o lo divino, soplos de voz o pneumas, de los que sólo queda huella en algunos papeles ilegibles. Versión de José Ángel Valente