Encuentro

Encuentro

No me abandones tú, tristeza mía, sobre el camino que azota el viento extraño con su cálido soplo, y cede; cara tristeza al viento que se extingue: y empujada por éste hacia la rada, donde la última voz exhala el día, viaja una niebla, alta se pliega un ala de cormorán.

El tajo al lado del torrente, estéril de aguas, vivo de piedras y argamasas; tajo de humanos actos consumidos, de mortecinas vidas declinando más allá del confín que en círculo se cierra: rostros secos, manos, caballos en hilera, ruedas chirriantes: vidas no: vegetaciones del otro mar que la oleada vence.

Se avanza en el camino de cuajado Iodo sin rastro como una procesión de encapuchados bajo la rota bóveda, caída casi hasta reflejar escaparates, en un aire que envuelve nuestros pasos denso e iguala los sargazos humanos fluctuando en las cortinas de bambú murmurante.

Si me abandonas tú, tristeza, único presagio vivo en este nimbo, siento que alrededor de mí se extiende un rumor como de esferas cuando una hora está próxima a sonar; y caigo inerte en la apagada espera del que no teme ya en esta orilla sorprendida por la ola lenta, que no aparece.

Tal vez vuelva a tener una apariencia: en la rasante luz un movimiento me conduce junto a una mísera rama que en un tiesto crece sobre una puerta de hostería. A ella tiendo la mano, hacerse mía siento otra vida, huella de una forma que me fue arrebatada; y como anillos en los dedos no hojas se me enroscan sino cabellos.

Y nada más después. ¡Oh sumergida!: desapareces como habías venido y nada sé de ti. Tu vida es tuya aún: entre las raras vibraciones del día ya esparcida. Ruega por mí, para que yo descienda otro camino distinto de una calle de ciudad, en el aire perdido, ante el tropel de los vivos; que te sienta a mi lado, que descienda sin ruindad.

Versión de José Ángel Valente