Sestear pálido y absorto junto a la ardiente tapia de un huerto. Escuchar entre endrinos y zarzas chasquidos de mirlos, rumores de ofidio.
En las grietas del suelo o la algarroba acechar las hileras de rojas hormigas que se entrecruzan o quiebran en la cima de minúsculas gavillas.
Observar entre las frondas del lejano palpitar de briznas marinas mientras se elevan trémulos chasquidos de cigarras desde pelados picos.
Y caminando entre el sol que deslumbra sentir con triste maravilla que la vida toda y su fatiga está en este recorrer un muro coronado por pinchos filosos de botella.