_Proposiciones de Prometeo
Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo, y el espíritu de Dios empollaba sobre la haz de las aguas. El Génesis, 1-2_
I Altas proposiciones de lo estéril por cuyo rastro voy sangrando a media altura y buscándome, palpándome, por detrás de la rosa edificada, sobre lo que no tiene orilla ni regreso y es, como lo descubierto recobrado que acaba el que siga y me revele.
Me apoyo en ti, clima desenterrado de lo estéril para fundar el aire de la gracia y el asombro; y el metaloide aciago y desmentido, primero en rama llega, y luego en flor el metaloide oscuro, y en fruto de sabor martirizado, baja junto a la lengua enajenada, pasa de mano en mano hasta la altura.
Porque no es lo posible lo seguro sino lo que inseguro se doblega, lo que hay que abrir y sojuzgar por dentro, y es como polvo en cantidad de sombra.
Porque el fruto no es puerto sin rumbo entre las aguas, sino estación secreta de la carne; íntima paz de cotidiana guerra donde reposa el vientre silvestre y revestido de accidentes geológicos y espesos.
Y la alegría purísima, la honda grace presente y madurada, que rebota hasta el fondo de la sangre, que hace correr y madrugar en pájaros, y equivocarse de pecho y ponerse, como ciertas flores un corazón de pana en la mañana.
La alegría de caer en inocencia de sí mismo y disfrutarse junto a otras criaturas en el descubrimiento de su nombre, madrugando de pecho para arriba donde los alimentos perseveran hallados para el cielo.
II Y será como el árbol plantado junto a arroyos de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará. Salmo 1-3
Al borde estoy de herirme y escucharme ahora que le propongo al polvo una ecuación para el deslizamiento de la garganta,
Ahora que inauguro mi regreso junto a mi pequeñez iluminada,
Ahora que me busco revelada y transida en otros nombres,
Cuando por mí descienden y se agrupan anchas temperaturas matinales,
Y han gran fiesta cerval en los caminos.
III Pasa mi corazón con su pastosa identidad doliente.
Mi aliento transitivo que enarbolo y el niño cuyos pasos me prolongan.
Pero la sangre está ya en marcha, repercute, hacia un país recóndito y anclado, entre pasados hierros con nombre de muchacho, y extensos materiales fuera del pulso mío.
La sangre está ya en marcha hacia una parte mía donde llego de pronto, y me conoce el pecho en que tropiezo, y mis extensas, pálidas, boreales coronarias.
El cuerpo es ya contagio de azucena, estación de la rama y su eficacia; palacio solitario en cuya orilla crece el suelo y afluye entre rebaños y entre sueños secretos y pacíficos.
IV Puede pasar mi pecho errante, mi instantáneo cabello y mi atroz rapidez que no me alcanza,
Pero se ha vuelto inaugural mi peso de habitante recobrado. Y aires de nacimiento me convocan,
¡Ah, feliz muchedumbre de huesos en reposo!
Refluyen a mi forma y se congregan los elementos suaves y terrestres y la pulpa negada y transcurrida.
Los pájaros me cambian a traslados mayores del sonido,
Y la tierra a empujones de llanura.
Al borde estoy de herirme y escucharme ahora que me lleno de retoños y párpados tranquilos,
Cuando tengo costumbre de nacer donde bajan los huesos temporales,
Cuando me llamo para mí, callada, y alguien que no soy yo ya recuerda,
Sollozante y sangrando a media altura, sobre lo detenido descubierto y recobrado.