Tus brazos como blancos animales nocturnos afluyen donde mi alma suavemente golpea.
A mi lado, como un piano de plata profunda parpadea tu voz, sencilla como el mar cuando está solo y organiza naufragios de peces y de vino para la próxima estación del agua.
Luego, mi amor bajo tu voz resbala,
Mi sexo como el mundo diluvia y tiene pájaros,
Y me estallan al pecho palomas y desnudos.
Y ya dentro de ti yo no puedo encontrarme, cayendo en el camino de mi cuerpo,
Con sumergida y tierna vocación de espesura,
Con derrumbado aliento y forma última.
Tú me conduces a mi cuerpo, y llego, extiendo el vientre y su humedad vastísima, donde crecen benignos pesebres y azucenas y un animal pequeño, doliente y transitivo.
II
Ah, si yo siquiera te encontrara un día plácidamente al borde de mi muerte, soliviantando con tu amor mi oído y no retoñe…
Si yo siquiera te encontrara un día al borde de esta falda tan cerca de morir, y tan celeste que me queda de pronto con la tarde.
Ah, Camarada,
Cómo te amo a veces por tu nombre de hombre
Y por mi cuello en que reposa tu alma.