Satchmo Liroforo

Satchmo Liroforo

¿Te acuerdas, Louis Armstrong, del día en que viajamos por un corredor de sonidos que amábamos hasta la muerte? ¿Recuerdas la onomatopeya que no salió al paso y que nos dio un trono de un solo golpe? Parece mentira, Louis, amor mío, que hayamos compartido tantas cosas, tantas ramas y tan gran número de espumas. Parece imposible, Louis, que entre nosotros se deshagan las formas del azul que nos acompañaban; que tú, dardo, arma del ángel vivo, te lances a donde nadie podrá reconocerte sino por tu alegría, por tu voz de durazno, por tu manera de prolongarte en la luz y crecer en el aire. No creo que haya desaparecido del mundo la manada de resplandores que nos seguía. Más bien creo que se ocultan en el tiempo y que no será consumidos.

Tú, continuación del fuego, pedestal de la nube, desinencia de mariposa, andas hoy al garete entre harinas y entre otras materias incorruptibles que te guardan como guardan a todos los justos, a todos los hermosos cuya hermosura viene de lejos y no se va nunca, y se incendia cada día igual que la altura.

Satchmo, querido hasta la música, soñado hasta el arpegio, las arpas de David y sus graves de cobre te están tocando el alma y los clavicémbalos el cabello sin fin.

Ricardo Wagner está de pie, aguardándote en una azotea tetralógica, lleno de flores que andan y crecen continuamente. Ricardo Wagner está en sí mismo viendo que llegas al dominio de los cristales, armado de la trompeta bastarda y de la baja tocando un son del viento, sonando como un trueno recién nacido, y húmedo y perfecto.

Y yo, sombra sonora del futuro también estoy allí, soñada por dos cuerpos transparentes que se besan y funden y confunden en la gran azotea tetralógica donde todo es tan claro como Dios y el amor y los árboles.