Los amantes se acercan, escuchan. Adelgazan su piel hasta la asfixia
y adelgazan sus besos. Por sus voces delgadas sólo oyen silencio.
Los amantes se besan, se acarician, el mar apenas los contiene,
y su pasión es breve: aleteo de un ave en la espalda del agua.
Los amantes recuerdan las heridas, las guardan como un secreto bien.
Nunca cambian palabras. Pero cambian heridas. Son su secreta piel.
Cerca de dos amantes se detiene un segundo la sangre en la avenida;
son dos ciervos que saltan en medio de nosotros que somos las estatuas.
Los amantes se muerden, se pisan, sólo temen la muerte, trepan muros
de olvido y nunca vuelven atrás, lujosos como escarabajos verdes.
Los amantes no cuentan los días, no enumeran los muertos, ni siquiera
los mares. Su materia está hecha sin tiempo, su sed nunca se alivia.
Los amantes se mueren un día. Bajo tierra van, mudos y con miedo,
y la tierra adelgaza su piel hasta la asfixia y adelgaza sus huesos.
De “Lotes baldíos” 1985