Tal vez fue la manera que tenías de abrirlos, de sostenerlos con la mano frente al grupo y caminar por el salón leyendo con voz pausada, sin dar explicaciones para no romper el ritmo del relato, como si el ritmo fuera todo, aún más que el hilo de la historia (la mano libre que guardabas en el bolsillo de los pantalones te servía para voltear las hojas y, de paso, reconvenir golpeándolo en la nuca a alguno que no oía- después volvías a hundirla en esa parte de tu traje, el único que usaste en “toda la primaria), lo que me descubrió cómo los libros nos dan una postura, una respiración distintas, y escribo, más que nada, para que un día los míos se puedan sostener con una mano, como sostenías los tuyos, y sean legibles caminando, la mano libre descansando en el bolsillo y algo más libre descansando en uno para poder seguir el hilo de la historia.
De “Alguien de lava” Ediciones Era, 2002