X- El poeta llega a La Habana

X- El poeta llega a La Habana

A don Fernando Ortiz

1. Son de negros en cuba

Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba, iré a Santiago, en un coche de agua negra. Iré a Santiago. Cantarán los techos de palmera. Iré a Santiago. Cuando la palma quiere ser cigüeña, iré a Santiago. Y cuando quiere ser medusa el plátano, Iré a Santiago con la rubia cabeza de Fonseca. Iré a Santiago. Y con la rosa de Romeo y Julieta iré a Santiago. Mar de papel y plata de monedas Iré a Santiago. ¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas! Iré a Santiago. ¡Oh cintura caliente y gota de madera! Iré a Santiago. ¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco! Iré a Santiago. Siempre dije que yo iría a Santiago en un coche de agua negra. Iré a Santiago. Brisa y alcohol en las ruedas, iré a Santiago. Mi coral en la tiniebla, iré a Santiago. El mar ahogado en la arena, iré a Santiago, calor blanco, fruta muerta, iré a Santiago. ¡Oh bovino frescor de cañavera! ¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro! Iré a Santiago.

2. Crucifixión

La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto.

La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, que lloraba porque al alba tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. ¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! ¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas! Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. La muchedumbre cerraba las puertas y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros.

Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones, dijeron los fariseos. Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos estrellaban ampollas de lagunas sobre las paredes del templo. Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. Porque la luna lavó con agua las quemaduras de los caballos y no la niña viva que callaron en la arena. Entonces salieron los fríos cantando sus canciones y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio. Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.

Fue entonces y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.

Nueva York, 18 de Octubre de 1929

3. Pequeño poema infinito

Para Luis Cardoza y Aragón

Equivocar el camino es llegar a la nieve y llegar a la nieve es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.

Equivocar el camino es llegar a la mujer, la mujer que no teme la luz, la mujer que mata dos gallos en un segundo, y luz que no teme a los gallos y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón puede llegar el viento Austro y como el aire no hace caso de los gemidos tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera que enterraban un paisaje de volcanes y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.

Pero el dos no ha sido nunca un número porque es una angustia y su sombra, porque es la guitarra donde el amor se desespera, porque es la demostración de otro infinito que no es suyo y es las murallas del muerto y el castigo de la nueva resurrección sin finales. Los muertos odian el número dos, pero el número dos adormece a las mujeres y como la mujer teme la luz la luz tiembla delante de los gallos y los gallos sólo saben volar sobre la nieve tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios

Nueva York, 10 de enero de 1930