Un punto de partida, alguna idea transformada en un ritmo, un decorado abstracto vagamente o bien simbólico: el jardín arrasado, la terraza que el otoño recubre de hojas muertas. Quizás una estación de tren, aunque mejor un mar abandonado:
Gaviotas en la playa, pero quién las ve, y adónde volarán.
Y la insistencia en la imagen simbólica de la playa invernal: un viento bronco, y las olas llegando como garras a la orilla.
O el tema del jardín: un espacio de sombra con sonido de caracola insomne. Un escenario propicio a la elegía.
Unas palabras convertidas en música, que basten para que aquí se citen gaviotas, y barcos pesarosos en la línea del horizonte, y trenes que cruzan las ciudades como torres decapitadas.
Aquí se cita un ángel ciego y un paisaje y un reloj pensativo.
Y aquí tiene su lugar la mañana de oro lánguido, la tarde y su caída hacia un mundo invisible, la noche con toda su leyenda de pecado y de magia.
Siempre habrá sitio aquí para la luna, para el triunfante sol, para esas nubes del crepúsculo desangrado: metáfora del tiempo que camina hacia su fin.
La música de un verso es un viaje por la memoria.
Y suena a instrumento sombrío.
De tal modo que siempre sus palabras van heridas de música de muerte:
Gaviotas en la playa… O bien ese jardín:
Todo es de nieve y sombra, todo glacial y oscuro. El viento arrastra un verso tras otro, en esta soledad. Arrastra papeles y hojas secas y un sombrero de copa del que alguien extrae mágicamente un verso final:
Una luz abatida en esta playa.
Y hay un lugar en él para la niebla, y un cauce para el mar, y un buque que se aleja.
En cualquier verso tiene su veneno el suicida, su refugio el que huye del hielo del olvido.
Puede cada verso nombrar desde su engaño el engaño que alienta en cada vida: un lugar de ficción, un espejismo, un decorado que se desmorona, polvoriento, si se toca.
Pero es sorprendente comprobar que las viejas palabras ya gastadas, la cansina retórica, la música silenciosa del verso, en ocasiones nos hieren en lo hondo al recordarnos que somos la memoria del tiempo fugitivo, ese tiempo que huye y que refugia -como un niño asustado de lo oscuro- detrás de unas palabras que no son más que un simple ejercicio de escritura.
De “Sombras particulares” 1992