La niña de diez años...

La niña de diez años…

La niña de diez años, allí, bajo el sombrajo (una vela de cruz, luminosa y salina) con el racimo en alto me pareció Judith y su presa Holofernes con zarcillos azules.

Del automóvil blanco, de sus puertas abiertas al aire abrasador y la luz cenital, llegó un recuerdo blando de alquitrán o betún que me hizo apoyar la mano en el tabanco.

Se puso en pie despacio, sosteniendo el racimo como si de su codo aún pingara la sangre. Brillantes y calientes, con obscena abundancia, sus ojos y los granos de polvoriento añil.

Sin casi hablar (¿quién puede poner precio a un racimo de uvas en un día de agosto?) disimulamos ambos nuestro mutuo interés. Así los orientales mercaban sus tapices.

Más tarde comenté la intimidad del monte sin prisa y sin respuesta, pues tanta soledad somete al tiempo. Colgué de la romana un billete discreto, dije adiós y me fui con diez años de menos.

También el cielo morirá cuando muera la tierra, pensé como consuelo. Cuando muera la viña, la tierra morirá, me dije luego.