El hombre entristecido mira caer vehemente la luz a su ventana: distraído contempla la distancia de espumas como olas, lejanías.
Leves despiertan a su nostalgia los reflejos de otros días, y es ocio y congoja de una tarde por gracia de este cielo, que a su imagen es mar azul, playas doradas, islas, regresar desde la claridad de unas nubes en el desmayo ávido del instante hacia la antigua soledad remota.
Mas no puede la frente melancólica soñar con esperanza sus recuerdos. Volver a la tierra perdida sería también deslumbramiento amargo: un sol ajeno se levanta como espada en mano enemiga. Y su deseo es apenas la pasión lánguida de la adolescencia en olvido, un indolente jardín o una calle, su deseo es apenas un aire, si nocturno, de borrosas estrellas, si de fulgor o nieve, si de sol sangriento en el ocaso.
Sin testigo, la obscuridad del rostro en los cristales, bajo la luz que anochece punzante a la ventana sus miradas entonces se obstinan, frías, tenaces de silencio, más allá, entre vagas nubes o mares.
Puñal siempre en el pecho es la memoria. Callar consuelo ha sido. Mejor será morir secretamente a solas.
De “Los adioses” 1963