Madrugada

Madrugada

Ciudad de los adioses, invernal, cilo gris donde la hora impalpable amanece con un monótono color ya repetido. Hay quien intenta, junto a los muros de sus turbias esquinas silenciosas, descubrir la hermosura secreta por el aire ante la madrugada en el recuerdo de un día que no ha sido.

Así, un momento, ligera, alada te vi en embeleso cruzar. Déja que la memoria reviva en llamas. Ahora, mientras mi mano escribe, o entonces, cuando el amanecer sobre tu imagen era no si de realidad o beso, sino de luz, sino de sueño.

Si en otra lívida alborada atravesaras un nuevo escalofrío, si regresaras en otra claridad desierta, tú misma, cuerpo o ráfaga desnuda de otro espacio no mío, cálido y solar. Borrosas calles y llovizna oscura. Nada sino mi sed, mi desvelo, nadie sino la voz del entresueño, nada, final, sino un eterno encantamiento frío: terror que lentamente se entreabre, gesto, belleza cruel que pasa apenas, fugitiva, sólo al lado un instante, por entre los adioses, oh tánta luz en nubes de otro invisible mundo.

De “Los adioses” 1963