Testimonio

Testimonio

Eran vísperas del crimen el empedrado, la tarde, el sol caído violentamente hacia el oeste, cuando, desde balcón a la plaza, vaías negros jinetes cruzar.

Remotos, pálidos, silenciosos, iban en lento paso morado, en procesión de monstruos fugitivos, y su vacilación el sitio a donde llevar duelo.

Cayendo crepúsculo a sus alrededor, con pisadas secas, con aturdimiento, entre el polvo, podías creerles sonámbulos que cruzaran con cuchillos su sombra.

Los recuerdas, arroces de frío y de noche, caer sobre frágiles chozas entregadas como el desnudo de sus vírgenes, quebrar cuerpos, manchar de sangre muros y luego perderse, tigres sin pesadillas, tras el aullido del aire y los muertos.

En todo lugar la huella solitaria: los harapos, el filo de sus dientes, la tiniebla.

De “Los adioses” 1963