Cuando la nube del anochecer definitivamente se borra oyes girar leves árboles verdes por la espesura de hojas que son lentas respiraciones amorosas.
El aire como vaga sucesión de montañas que de noche confunden con su peso tibias lámparas encendidas por no se sabe qué mano dulce resbalada en la sombra.
Cuando a solas el anochecer te cerca amor a la ventana de amante solitario navega soñolienta la nube por la frente, visos de luz, brisa, presencia insistente que existe, ya sin cuerpo, desnuda en la memoria.
Cuando hacia el anochecer hubieras querido en triste cansancio, ser otro, ser una nueva imagen distinta de ti mismo, volvería del tiempo pasado, su cielo, la mariposa sonámbula que viva aletea dentro del pecho, tuya, sin fin, aunque en vano, callando, la destierres.
De “Los adioses” 1963