La extrañeza del lugar aunque lo imaginaba. Lo interminable del instante y lo áspero. Un comedor vasto como el hastío, Mas aquí, en reposo, el mudo mantel, el atardecer junto a la sombra de los recuerdos en el rostro. Obstinada la hora le encierra, solitario, y al hermano que llora bajo sus pensamientos.
Un sitio siempre ajeno como el amor, un lento salón que a los fantasmas del viaje, en bandadas, aparece de súbito con lámparas y memorias. Conversaciones, alas, palabras apenas, rumor en tomo. Una cucharada a los labios con un remordimiento y sobre la mesa, inmóvil, desconocida; la silenciosa blancura de sus manos.
Quisiera despertar de entre los muertos mientras la hora sórdidamente huye.
Lo piensa mientras a su alrededor la mosca del sueño, el periódico, el volumen ardiente de una falda, no importa, qué cuerpos o miradas, la tenaz ola de melancolía también les llega, y en procesiones nocturnas los huéspedes no duermen sino avanzan con equipajes, entre espejos y blancos uniformes, sonrientes, solos, sonámbulos, por carrileras, a pie, enlunados, al subterráneo final de los trenes sin nadie. De “Los adioses” 1963