El espíritu es trágico pero el cuerpo es bello y solemne bajo el hilo de plata del silencio que oculta entre cenizas las palabras, las palabras que duelen y se alejan como el pensamiento, y como el ala graciosa, fúlgida tierra que al volar se queda entre el aire y la luz, signo del pie divino y de su fuga que delata a su paso la belleza, la eterna aspiración de la belleza, entre el rencor del hombre y la conciencia audaz, desveladora que, sin asirla del todo, vive de ella esclava.
Esclavitud sublime que lo salva de aquella lenta ducha dolorosa del ser primero, de aquella triste angustia desolada del hombre sin pasado; de aquella amarga realidad viviente, del hombre, sólo hombre: triste vivir del alma sin amor, perfección del creador y de lo creado.
El muro
Beauty is truth, truth beauty, that is all Ye know on earth, and all ye need to know John Keats
I Un muro en la tarde, y en la hora una línea blanca, indefinida sobre el campo verde y bajo el cielo.
II Un pájaro -en hoja y viento- ha puesto su canción más bella sobre el muro.
III Enlutado de su propia existencia -detenida entre su breve sombra y su destino- un zamuro, bello por la distancia y por el vuelo, infunde angustia en el alma profeta: una fría angustia, cuando certero, como vencida flecha -oscura flecha que aún conserva su impulso inicial- cae tras el muro.
IV La vida es una constante y hermosa destrucción: vivir es hacer daño.
V Pero el muro, el silencioso y blanco muro parece que nos dice: «hasta aquí llegan tus ojos, menos agudos que tu instinto.
Yo separo tu vida de otras vidas pequeñas; pero grandes cuando el ocaso, el oro insinuante del ocaso llega».
VI Acaso tras el muro, tan alto al deseo como pequeño a la esperanza, no exista más que lo ya visto en el camino junto a la vida y la muerte, la tregua y el dolor y la sombra de Dios indiferente.
VII Dios -muro frente a recuerdos y visiones- está solo, íntimamente solo en nuestros ojos y en el menudo nombre que lo ata a las cosas; a la seda del canto del canario fraterno y a la noche que vuela en el zamuro: fúnebre, pulido estuche de cosas ayer bellas o tristes que habrán de serlo nuevamente del lado acá del muro, con el temor reciente de volver al origen.
VIII ¿Morir?… Pero si nada hay más bello en su hora -frente al muro- que los serenos ojos de los moribundos, anegados por su propio silencio; perdido ya, por entre frescas espigas encontradas, el temor de morir, y de haber vivido, como hombre, entre hombres, que apenas -oscurecidos en su existir- los comprendieron.
IX Entonces el muro parece allanarse entre el olvidado rencor y la esperanza: Es súbito camino, no límite de sombra y canto, ante un nuevo Dios que nos aguarda -que nos aguarda siempre- y no conoceremos a pesar de que marcha en nuestras huellas; que nos llega de lejos, del lado de la luz, y que vamos dejando en el camino, como algo, que no es tierra, atado, sin embargo, a nuestros pies.
X El muro en la tarde, entre la hierba, el canto y el fúnebre vuelo: presencia del dolor de vivir y no morir; consuelo de volver, en tierra y oro, con la inquietud de haber sido; polvo y oro que regresa eternamente, como la muerte cotidiana, bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros.
El sediento corazón siente leticia: el corazón y las queridas, tímidas palabras huelen, como el muro en la tarde, a cielo y tierra confundidos, cuando el morir es cosa nuestra y, como nuestro, lo queremos. Lo queremos pudorosos, en silencio, sin violencias, mientras los otros temen -aún distantes- la sensitiva soledad naciente para el hombre, no humano, y su destino confuso.
XI Porque no hay muerte sino vida del lado allá del canto, del lado allá del vuelo, del lado allá del tiempo.
XII Vaga intuición de perdurar frente a la muerte ambicionada y oscura… Porque la muerte, imagen de nosotros y criatura nuestra, es distinta a la no vida que jamás ha existido. Ya que el verbo de Dios, que todo lo ha dispuesto en la conciencia del hombre, no pudo crear la muerte sin morir El y su callada nostalgia de pensar y sufrir humanas formas.
XIII El muro de la tarde -atardecido en nuestra tarde-, apenas una línea blanca junto al campo y junto al cielo. Misteriosa cruz que sólo muestra su brazo horizontal. Unida, por la oscura raíz, a la tierra misma de su origen confuso; y al cielo de la fuga por el canto y el ala: la noche impasible del zamuro y el camino de oro del canario hacia el ocaso.
XIV ¡EI muro! Cuánto siento y me pesa su silencio -en mi tarde- en la tarde del musgo y la oración y el regreso.
XV Sólo sé que hay un muro, bello en su calada soledad de cielo y tiempo: y todo, junto a él, es un milagro.
XVI Sólo temo en la tarde -en mi tarde- de oro por el sol que agoniza; y por algo, que no es sol, que también agoniza en mi conciencia, desamparada a veces ¡y a veces confundida de sorpresas! Sólo temo haber visto algo: ¡lo mismo! el campo, el césped; la misma rosa sensual que recuerda unos labios y el mismo lirio exangüe que vigila la muerte.
XVII Y sólo siento frente a Dios y su Destino, haber pasado alguna vez el muro y su callada espesa sombra, del lado allá del tiempo.
En el día
I En el día amo la noche y en la noche el día. Pero en la tarde, entre colores vagos me amo a mí mismo. Porque entonces soy como el recuerdo de algo que hice, o como el temor de algo que pude haber hecho.
II Tarde, hermana! No eres día ni noche. No eres más que un paso, un punto detenido, entre dos extremos, como la vida, como la dulce fuga indecisa que en la mañana va hacia la noche. Y en la noche -por entre nostálgicas claridades vencidas-, hacia la luz; o más bien hacia el rumor de luz que adelanta, la espiga, casi de oro, junto al alba.
Es bello el cuerpo…
Es bello el cuerpo y su misterio; íntegramente bello como el sol entre los astros…
Tierra enaltecida por el sagrado soplo silencioso; profundo consuelo del espíritu, como lo dijo el santo, ascético y tremendo, naturaleza triste anegada en Dios y en el abismo de su propio arcano.
La mujer que no vimos
Se alejó lentamente por entre los taciturnos pinos, de frente hacia el ocaso, como las hojas y como la brisa, la mujer que no vimos.
Bajo una luz de naranja y de ceniza era, como la hora, soledad y caminos; armonía y abstracción como las siluetas; esplendor de atardecer como los maduros racimos.
De lejos nos volvía en detalles la belleza ignorada de la mujer que no vimos.
La tarde fue cayendo silenciosa sobre el paisaje ausente de sí mismo y floreció en un oro apagado y nuevo entre el follaje marchito.
Hacia un cielo de plata pálido y frío; hacia el camino de los vuelos que huyen, de las hojas muertas y del sol amarillo, se alejó lentamente la mujer que no vimos.
Sus huellas imprecisas las seguía el silencio, un silencio ya nocturno, suspendido sobre el recogimiento de la tarde, huérfana de la prolongación de sus caminos…
Pero su voz, entre la sombra, hizo vibrar la sombra, y era su voz un trino: fúlgida voz que hacía pensar en unos cabellos del color del trigo.
Recuerdos de las formas evocan las siluetas de los apagados árboles sensitivos; pero la voz que se aleja entre masas borrosas, denuncia unos ojos claros como zafiros, y unas manos que, trémulas, apartan los ramajes como dos impacientes corderitos mellizos.
Ni pasos furtivos, ni voces familiares: oquedad y silencio entre los altos pinos, y en las almas confusas un ansia de belleza.
¿Pasó junto a nosotros la mujer que no vimos?
Las cosas y sus nombres…
Las cosas y sus nombres son símbolos confusos que acompañan al hombre en su destierro, en su andar de adivino entre alboradas.
Ingenuas compañeras de un recuerdo que nace en la raíz de la conciencia, donde Dios y el hombre se confunden y se entienden; y Dios se hace para el hombre humano y el hombre, ante su amor, crece divino, trasciende la leve línea de luz o sombra que limita su ser: su estar indefinido ya que el ser no es perenne forma, sino que está en la forma limitado, con ansias de romperla a cada instante, con nostalgias de muerte y nacimientos y temores de un nuevo despertar.
Misterio
I Escribo este poema como si fuera el último. Como si todo cuanto miro ahora, en tomo mío recreara el signo, sin embargo amable, de cosas desechadas, que un tiempo fueron bellas: ¡Son tantas las mentiras que he vivido!
II Se nace, con polvo de llanto en la conciencia y, por rincones de estrellas, se aprende la sonrisa. Y la primera, en nuestro rostro, por ella apenas cincelado, es la primera línea sensitiva, el primer rasgo noble, el primer confín, íntimo que nos separa de los otros seres. Y nos abre el camino, el laborioso camino, alma adentro, hacia un mundo propio, de uno mismo ignorado, pero tan nuestro, como las manos y como los ojos que todo lo tocan, ofenden o acarician en cercanía o en distancia.
III ¿Será éste mi último poema? Es la pregunta que siempre me hago, ahora, cuando escribo. y siento en la penumbra de lo que ha de ser, iluminada en veces de reminiscencias, el temor, desde luego confiado, de una última sonrisa: Raíz luminosa y apacible, oculta, casi toda, y aun firme, de lo que no pudo ser.
IV Pero sigo, ignorando si el que escribo, atento a lo que hago, será mi último poema y acaso, en el breve silencio que lo siga el más querido.
V Ignoro si será éste el canto de mis cantos, como ignoro también, aun cuando sé que no me faltará, su presencia, en la hora oportuna, qué rasgo asumirá mi última sonrisa, la más mía de todas, cuando ya no oiga a los hombres, mis hermanos, sino como un rumor distante, de hojas y de brisa, en una inmensa noche desolada.
Pero los ojos…
Pero los ojos, los misteriosos ojos extasiados son risueño consuelo del espíritu: suave ternura de contemplar la vida y contemplar la nada, de sentir la caricia de la luz y la llamada audaz de la distancia.
El oído sutil, gruta del canto azul del viento y de la espuma, divino caracol, rosa imperfecta, laberinto de músicas ingénitas, sorprendido por el ritmo de las alas y las hojas: delgadas cuerdas de arpas misteriosas que tañe el viento de las manos largas.
El olfato ¡enigma! , dócil al arte por el hombre creado, penetra por caminos infinitos, silenciosos, atento al mensaje de la tierra recóndito y al perfume de las estrellas ácidas de las noches de insomnio.
El paladar descubre entre sabores varios el temor de la muerte… Porque la muerte es el sabor primero de las cosas que dan placer al hombre y sus instintos. Sabor de tierra y sombra amarga que el hombre ignoto logra superar con la expresión feliz de la belleza confundida con Dios en tres caminos, Poder, Sabiduría y Dolor.
El tacto aísla el misterioso ser naturaleza de las cosas sensibles o inertes y luego en soledad, lo une a todas por el gozo y el dolor inevitables.
Y todos son leticia del espíritu ante el olvido de la muerte del cuerpo que no sabe qué cosa es el morir, porque la muerte no es sino el reflejo del sagrado reposo de un Dios ante recuerdos.
Poesía
La calma, lejana, íntima que tiene el ímpetu audaz del monte altivo. El resplandor dormido, más rojo que el rojo y menos rojo que el rojo, sobre la inquieta llama o en la llama agonizante. El punto indefinido de donde regresa la mirada insegura, de conquistar la nada de su origen. La palabra buena, la palabra mansa que al fin de muchas luchas, y triunfos y derrotas, encuentra, que sólo sabe comprender, callada.
Un pensamiento
Un pensamiento fijo tu rostro modela y tu vida concentra en torno a él como la piedra el agua, toda intacta, de la fuente.
Tu vida no es más que pensamiento que lentamente se va haciendo fuerte
Tus ojos, deslumbrados ante la belleza, presienten una forma no encontrada, y tus manos revelan algo del pensamiento.
Toda tú te vas haciendo de ti misma, como la lluvia hace sobre el naranjo con el sol una tela y como la noche con la sombra una rosa en torno de la estrella.
Te adelgazas junto a tu pensamiento, como en la fría plata del candelabro la llama inquieta, con un afán perpetuo de esconderte a ti misma…
Pero en todo te revelas.