¡El espíritu libre! honda zozobra, quemadura de llama en agonía, nostalgia del vivir inteligente asomado a la orilla de la muerte.
Angustia cuotidiana de alentar entre rosas o pavor de una noche sin luceros frente al todo infinito y desolado.
Hallazgo de no morir un día, sino seguir viviendo de lo que ya vivido está en la sangre, entre secretos surcos dilatados, entre hierbas de noche oscura y rosas húmedas desde la tierra o nube del origen.
Naufragio de lo propio y de lo ajeno con el nacer; morir anticipado morir sin morir del todo, porque, semilla de divina esencia vivirá siempre en formas increadas para consuelo de los otros seres.
El espíritu es trágico pero el cuerpo es bello y solemne bajo el hilo de plata del silencio que oculta entre cenizas las palabras, las palabras que duelen y se alejan como el pensamiento, y como el ala graciosa, fúlgida tierra que al volar se queda entre el aire y la luz, signo del pie divino y de su fuga que delata a su paso la belleza, la eterna aspiración de la belleza, entre el rencor del hombre y la conciencia audaz, desveladora que, sin asirla del todo, vive de ella esclava.
Esclavitud sublime que lo salva de aquella lenta ducha dolorosa del ser primero, de aquella triste angustia desolada del hombre sin pasado; de aquella amarga realidad viviente, del hombre, sólo hombre: triste vivir del alma sin amor, perfección del creador y de lo creado.