La mujer que no vimos

La mujer que no vimos

Se alejó lentamente por entre los taciturnos pinos, de frente hacia el ocaso, como las hojas y como la brisa, la mujer que no vimos.

Bajo una luz de naranja y de ceniza era, como la hora, soledad y caminos; armonía y abstracción como las siluetas; esplendor de atardecer como los maduros racimos.

De lejos nos volvía en detalles la belleza ignorada de la mujer que no vimos.

La tarde fue cayendo silenciosa sobre el paisaje ausente de sí mismo y floreció en un oro apagado y nuevo entre el follaje marchito.

Hacia un cielo de plata pálido y frío; hacia el camino de los vuelos que huyen, de las hojas muertas y del sol amarillo, se alejó lentamente la mujer que no vimos.

Sus huellas imprecisas las seguía el silencio, un silencio ya nocturno, suspendido sobre el recogimiento de la tarde, huérfana de la prolongación de sus caminos…

Pero su voz, entre la sombra, hizo vibrar la sombra, y era su voz un trino: fúlgida voz que hacía pensar en unos cabellos del color del trigo.

Recuerdos de las formas evocan las siluetas de los apagados árboles sensitivos; pero la voz que se aleja entre masas borrosas, denuncia unos ojos claros como zafiros, y unas manos que, trémulas, apartan los ramajes como dos impacientes corderitos mellizos.

Ni pasos furtivos, ni voces familiares: oquedad y silencio entre los altos pinos, y en las almas confusas un ansia de belleza.

¿Pasó junto a nosotros la mujer que no vimos?