Las cosas y sus nombres son símbolos confusos que acompañan al hombre en su destierro, en su andar de adivino entre alboradas.
Ingenuas compañeras de un recuerdo que nace en la raíz de la conciencia, donde Dios y el hombre se confunden y se entienden; y Dios se hace para el hombre humano y el hombre, ante su amor, crece divino, trasciende la leve línea de luz o sombra que limita su ser: su estar indefinido ya que el ser no es perenne forma, sino que está en la forma limitado, con ansias de romperla a cada instante, con nostalgias de muerte y nacimientos y temores de un nuevo despertar.