I Escribo este poema como si fuera el último. Como si todo cuanto miro ahora, en tomo mío recreara el signo, sin embargo amable, de cosas desechadas, que un tiempo fueron bellas: ¡Son tantas las mentiras que he vivido!
II Se nace, con polvo de llanto en la conciencia y, por rincones de estrellas, se aprende la sonrisa. Y la primera, en nuestro rostro, por ella apenas cincelado, es la primera línea sensitiva, el primer rasgo noble, el primer confín, íntimo que nos separa de los otros seres. Y nos abre el camino, el laborioso camino, alma adentro, hacia un mundo propio, de uno mismo ignorado, pero tan nuestro, como las manos y como los ojos que todo lo tocan, ofenden o acarician en cercanía o en distancia.
III ¿Será éste mi último poema? Es la pregunta que siempre me hago, ahora, cuando escribo. y siento en la penumbra de lo que ha de ser, iluminada en veces de reminiscencias, el temor, desde luego confiado, de una última sonrisa: Raíz luminosa y apacible, oculta, casi toda, y aun firme, de lo que no pudo ser.
IV Pero sigo, ignorando si el que escribo, atento a lo que hago, será mi último poema y acaso, en el breve silencio que lo siga el más querido.
V Ignoro si será éste el canto de mis cantos, como ignoro también, aun cuando sé que no me faltará, su presencia, en la hora oportuna, qué rasgo asumirá mi última sonrisa, la más mía de todas, cuando ya no oiga a los hombres, mis hermanos, sino como un rumor distante, de hojas y de brisa, en una inmensa noche desolada.