Pero los ojos, los misteriosos ojos extasiados son risueño consuelo del espíritu: suave ternura de contemplar la vida y contemplar la nada, de sentir la caricia de la luz y la llamada audaz de la distancia.
El oído sutil, gruta del canto azul del viento y de la espuma, divino caracol, rosa imperfecta, laberinto de músicas ingénitas, sorprendido por el ritmo de las alas y las hojas: delgadas cuerdas de arpas misteriosas que tañe el viento de las manos largas.
El olfato ¡enigma! , dócil al arte por el hombre creado, penetra por caminos infinitos, silenciosos, atento al mensaje de la tierra recóndito y al perfume de las estrellas ácidas de las noches de insomnio.
El paladar descubre entre sabores varios el temor de la muerte… Porque la muerte es el sabor primero de las cosas que dan placer al hombre y sus instintos. Sabor de tierra y sombra amarga que el hombre ignoto logra superar con la expresión feliz de la belleza confundida con Dios en tres caminos, Poder, Sabiduría y Dolor.
El tacto aísla el misterioso ser naturaleza de las cosas sensibles o inertes y luego en soledad, lo une a todas por el gozo y el dolor inevitables.
Y todos son leticia del espíritu ante el olvido de la muerte del cuerpo que no sabe qué cosa es el morir, porque la muerte no es sino el reflejo del sagrado reposo de un Dios ante recuerdos.