A Dinorah Ay, es como una luna, esos delgados miembros sostenidos por la madre, ahora poderosa, más allá del dolor.
La mano sosteniéndolo la arruga levemente la piel bajo los hombros. La otra, de reina, parece que mendiga.
No llora ya: ofrece al Hijo que quisiera mecer, a su pequeño inmenso que quiso lo inaudito.
Ay, es como la fina luna menguante.