Una mujer, desnuda ante el espejo, acaricia dulcemente su cintura, la vital insurgencia de sus pechos, la encendida penumbra de su sexo, baja al río enlunado de sus muslos y actualiza el edén su aroma claro. Se sabe para el hombre destinada.
Un hombre se mira ante el espejo, desnudo como un ángel se acaricia -imagen que se mima en su reflejo-, sus manos obedientes van soñando el lento florecer de su estatura, asedio memorioso, móvil fuego fluyendo de los pies hasta la frente. Se sabe para la mujer predestinado.
Pero antes, cuántos arcos triunfales por el suelo, cuánta piedra hecha polvo en el mortero.