Llévame contigo

Llévame contigo

¿No me ves sumergida en el silencio, y amordazada en soledad y olvido? Al pasar por la sombra de mi vida, dame la mano y llévame contigo.

Te esperé tantos años sin saberlo, perdida dentro de mi laberinto… ahora que me has abierto la salida, dame la mano y llévame contigo.

No quiero abrir el libro del pasado, porque detesto cuanto en él he escrito; uno en blanco abriré para tu pluma; dame la mano y llévame contigo.

Llena mis hojas de apretada letra, yo no quiero escribir, hazlo tú mismo, enrojeciéndome de sangre y fuego; dame la mano y llévame contigo.

Dondequiera que vayas, te acompaño, porque haré tu camino mi camino; déjame despertar en tus mañanas; dame la mano y llévame contigo.

No he de mirar atrás, sólo adelante; perdí el pasado, y el futuro es mío; no te quiero perder; dame la mano, dame la mano y llévame contigo.

Si tú fueras agua, yo quisiera ser la copa de plata que te abrazaría; o en tus humedades me sumergiría, íntima, adaptable, profunda mujer.

Si tú fueras tierra, yo sería el pie descalzo y ligero que no te oprimiera; y en tu surco haría ardiente sementera que me diera un día lo que en ti sembré.

Si tú fueras aire, yo seré la rama bajo tu caricia temblando en mis hojas, y si en recio soplo de ellas me despojas, verás que mi abrazo desnudo te llama.

Y si fueras fuego, yo he de ser el leño que tus lenguas lamen, que tu ardor calcina, y si mi ceniza el viento arremolina en él dormiré el definitivo sueño.

“Muchas cosas sabe Onán que nunca supo Don Juan” A. Machado

Me despierta el crujido de la seda liberando la piel efervescente, y entre mis dedos el temblor se enreda de una suave atrevida mano ausente.

Dedos que saben recorrer caminos que ignora el más experto viajero, y en espiral de lentos remolinos fabrica el toque lánguido y certero.

Y al arquear la espalda se endurecen las puntas de los senos, ofrecidos a invisibles amantes, que parecen quedar indiferentes o dormidos.

Oh desnudez del vientre, suave y cálida, humedad de los muslos tentadora, línea de la cadera, curva y pálida… manos lejanas, ¿dónde estáis ahora?

No me dejéis en soledad de tacto, que hay tristeza en placer sin asistencia; dadme la compañía y el contacto, aunque vengáis con vuestra inexperiencia.

Recórreme la ruta del recuerdo, tan desierta sin ti que nadie ha impreso huellas sobre tus huellas, y me pierdo en la niebla que impide tu regreso.

El ángel del olvido contra mi mente alzó espada de hielo, y amanecí en las sombras, abatido, mi pasado filtrándose en el suelo.

¿En qué color tus ojos se perdían? ¿Tu cabello era liso, u ondulado? ¿Eran lentos tus pies, o parecían danzar a un ritmo alegre, acelerado?

No sé, porque me miro y no te veo, se me ha desvanecido tu figura, y lo único de ti que ahora poseo es un presagio: Nada más perdura.

Quisiera recobrarte en todo el esplendor que hubo en ti un día; resucitar la idea y cincelarte con el mismo perfil que antes tenía.

Mas no lo podré hacer si no regresas por el sendero azul de la memoria, demostrando que cantas, lloras, besas, y borrando tu línea divisoria.

Sentada a media luz en mi rodilla, y una sonrisa tenue y luminosa como las alas de una mariposa, me reclinó en el hombro la mejilla y abandonóse inmóvil, silenciosa.

Se me quedó dormida entre los brazos, niña interior, aunque mujer externa, un tiempo apasionada, luego tierna, frágil hoy con el alma hecha pedazos, mañana con impulsos de galerna.

No me quise mover por no alterarla, y dejé transcurrir el tiempo lento, con el temor de que hasta el pensamiento pudiera, al agitarse, despertarla, destruyendo la magia del momento.

Y así quedó, colgada de mi cuello, dormida en mí, sin dudas y sin prisa, y hasta su soplo refrenó la brisa; y al fin, acariciando su cabello, hice anidar mi beso en su sonrisa.

Percibo tu presencia sin estar a mi lado, y oigo tu breve paso hallándote tan lejos; siento tu escalofrío sin haberte tocado, y aún cerrando los ojos me ciegan tus reflejos.

Veo pasar las sombras y en ellas te adivino; cuando me roza el aire sé que son tus cabellos; si me azota la lluvia, tus besos imagino, y por ti son mis sueños inmensamente bellos.

Pero no reconozco tu risa entre las risas, porque amarga tristeza te cubre con su manto; y en el tropel de gentes ruidosas y con prisas no estás, porque te encuentras en soledad y llanto.

Un aura te rodea solemne y misteriosa que fascina mis ojos aunque nunca te han visto; es quizá la nostalgia gentil y silenciosa que permea tu vida y en que yo mismo existo.

No obstante, ambos sabemos que ha de llegar el día en que la luz disipe la sombra en que vivimos; y al resurgir pujante nuestra innata alegría, hemos de ser de nuevo como otro tiempo fuimos.

Tú encontrarás un hombre que te bese y te cante, y no habrá en vuestra entrega ni exigencia ni ruego; yo volveré a mis sueños, inventando una amante y escribiéndola versos, sentado junto al fuego.

Y al mirar al pasado desde el nuevo presente de ilusiones azules y de esperanzas verdes, una estrella en el cielo y una luz en tu mente musitarás mi nombre… y quizá me recuerdes.