Ardimos en el bosque

Ardimos en el bosque

¿Pero cómo saber, sin la mirada, la hermosura del bosque, la grandeza del mar?

El bosque estaba tras de mí; lo conocían mis oídos: el rumor de sus hojas, la confusión del canto de sus pájaros. Sonidos que venían de un remoto lugar. Y el mar del otro lado, golpeando la frente, sin rozarla, cubriéndola de gotas. Era mi piel quien descubría su frescura, mi soñoliento olfato quien entraba en el pecho su duro olor. ¿Pero cómo saber, sin la mirada, la hermosura del bosque, la grandeza del mar? Porque no había más, en el lugar del pecho, que una extendida sombra.

(¿Mas qué frío candente mis párpados abrasa, qué luz me desvanece, qué prolongado beso llega hasta el mismo centro de la sombra?)

Joven el rostro era, sus labios sonreían, y el retenido fuego de su cuerpo era quemada luz. Entramos en el mar, rompíamos el cielo con la frente, y envueltos en las aguas contemplamos las orillas del bosque, su extensa fosquedad. Miré, tendidos en la playa, el rostro: contemplaba las nubes; y el retenido fuego de su cuerpo era un sombrío resplandor. Penetramos el bosque, y en las lindes detuvimos los pasos; perdido, tras los troncos, miramos cómo el mar oscurecía. Tenía triste el rostro, y antes que para siempre envejeciera puse mis labios en los suyos.