Trajo el aire la luz, y nadie vigilaba, pues la robó en el sueño, se originó en las sombras, la luz que rodó negra debajo de los astros. Casa desnuda, seno de la muerte, rincón y vastedad, árida herencia, vertedero sombrío, fértil hueco.
Tú estás donde las cosas lo parecen, donde el hombre se finge, ese que, a tus engaños, da en nombrarte respiración, fidelidad. Llegas hasta sus ojos, y en ellos reconoces el nido en que nacieras, piedra negra que está ignorando el mundo, y ahondas tu furor, con belleza de rosas o valle de palomos o dormidos naranjos en la siesta del mar, y agujeros callados se los tornas.
Débil es el sepulcro que así eliges, no dura allí tu noche, y vuelves a tu oficio, criatura inocente, y esos que te aman lloran, pues dejas de ser luz para llamarte tiempo. nos tejiste con esa luz sombría de tu origen, y en la carne que alienta dejas el sordo soplo del olvido; no es tu reino la humana oscuridad, y en desventura existes. Llega a ti el desconsuelo, la desdicha, resignación del fuerte, y aun rencor, y así nos acabamos: extraño es el deseo de esa luz. Extingue tu suplicio, ciega pronto; si recobras la paz, no nos perturbes.