La niña, con los ojos dichosos, iba -rodeada de luz, su sombra por las viñas- a la mar. Le cantaban los labios, su corazón pequeño le batía. Los aires de las olas volaban su cabello.
Un hombre, tras las dunas, sentado estaba, al acecho del mar. Reconocía la miseria humana en el gemido de las olas, la condición reclusa de los vivos aullando de dolor, de soledad, ante un destino ciego. Absorto las veía llegar del horizonte, eran el profundo cansancio del tiempo.
Oyó, sobre la arena, el rumor de unos pies detenidos. Ladeó la cabeza, pesadamente volvió los ojos: la sombría visión que imaginara viró con él, todavía prendida, con esfuerzo. y el joven vio que el rostro de la niña envejecía misteriosamente.
Con ojos abrasados miró hacia el mar: las aguas eran fragor, ruina. Y humillado vio un cielo que, sin aves, estallaba de luz. Dentro le dolía una sombra muy vasta y fría. Sintió en la frente un fuego: con tristeza se supo de un linaje de esclavos.