El más hermoso territorio

El más hermoso territorio

El ciego deseoso recorre con los dedos las líneas venturosas que hacen feliz su tacto, y nada le apresura. El roce se hace lento en el vigor curvado de unos muslos que encuentran su unidad en un breve sotillo perfumado. Allí en la luz oscura de los mirtos se enreda, palpitante, el ala de un gorrión, el feliz cuerpo vivo. O intimidad de un tallo, y una rosa, en el seto, en el posar cansado de un ocaso apagado.

Del estrecho lugar de la cintura, reino de siesta y sueño, o reducido prado de labios delicados y de dedos ardientes, por igual, separadas, se desperezan líneas que ahondan. muy gentiles, el vigor mas dichoso de la edad, y un pecho dejan alto, simétrico y oscuro. Son dos sombras rosadas esas tetillas breves en vasto campo liso, aguas para beber, o estremecerlas. y un canalillo cruza, para la sed amiga de la lengua, este dormido campo, y llega a un breve pozo, que es infantil sonrisa, breve dedal del aire.

En esa rectitud de unos hombros potentes y sensibles se yergue el cuello altivo que serena, o el recogido cuello que ablanda las caricias, el tronco del que brota un vivo fuego negro, la cabeza: y en aire, y perfumada, una enredada zarza de jazmines sonríe, y el mundo se hace noche porque habitan aquélla astros crecidos y anchos, felices y benéficos. Y brillan, y nos miran, y queremos morir ebrios de adolescencia. Hay una brisa negra que aroma los cabellos.

He bajado esta espalda, que es el más descansado de todos los descensos, y siendo larga y dura, es de ligera marcha, pues nos lleva al lugar de las delicias. En la más suave y fresca de las sedas se recrea la mano, este espacio indecible, que se alza tan diáfano, la hermosa calumniada, el sitio envilecido por el soez lenguaje. Inacabable lecho en donde reparamos la sed de la belleza de la forma, que es sólo sed de un dios que nos sosiegue. Rozo con mis mejillas la misma piel del aire, la dureza del agua, que es frescura, la solidez del mundo que me tienta.

Y, muy secretas, las laderas llevan al lugar encendido de la dicha. Allí el profundo goce que repara el vivir, la maga realidad que vence al sueño, experiencia tan ebria que un sabio dios la condena al olvido. Conocemos entonces que sólo tiene muerte la quemada hermosura de la vida.

Y porque estás ausente, eres hoy el deseo de la tierra que falta al desterrado, de la vida que el olvidado pierde, y sólo por engaño la vida está en mi cuerpo, pues yo sé que mi vida la sepulté en el tuyo.

“El otoño de las rosas” 1990