En el cansancio de la noche, penetrando la más oscura música, he recobrado tras mis ojos ciegos el frágil testimonio de una escena remota.
Olía el mar, y el alba era ladrona de los cielos; tornaba fantasmales las luces de la casa. Los comensales eran jóvenes, y ahítos y sin sed, en el naufragio del banquete, buscaban la ebriedad y el pintado cortejo de alegría. El vino desbordaba las copas, sonrosaba la acalorada piel, enrojecía el suelo. En generoso amor sus pechos desataron a la furiosa luz, la carne, la palabra, y no les importaba después no recordar. Algún puñal fallido buscaba un corazón.
Yo alcé también mi copa, la más leve, hasta los bordes llena de cenizas: huesos conjuntos de halcón y ballestero, y allí bebí, sin sed, dos experiencias muertas. Mi corazón se serenó, y un inocente niño me cubrió la cabeza con gorro de demente.
Fijé mis ojos lúcidos en quien supo escoger con tino más certero: aquel que en un rincón, dando a todo la espalda, llevó a sus frescos labios una taza de barro con veneno. Y brindando a la nada se apresuró en las sombras.