Ladridos jadeantes en el césped le hacen mirar, con el calor el día va rodando a su fin y de las rosas sube un olor, y una inquietud constante. En el silencio rueda la alegría súbita de los perros. Y él entiende esa felicidad, el desvarío que ellos muestran. Hermosa fue la vida cuando el cuerpo era joven, y el deseo la costumbre inicial de cada hora.
Un aire corto llega desde el mar y ha alargado la sombra de los montes. Echa su vida atrás, desnuda el cuerpo delante de otro cuerpo, y unos ojos le buscan y él los busca. En el amor era veloz el tiempo, iba pronto a morir, y en vano el joven pensaba detenerlo, se soñaba vencido en la vejez y desamado. Entonces su victoria era querer aún más, con mayor fuerza.
Mira, desde su frente, con los ojos fijos la línea de los montes, áspero muro de plata que en el mar se hiela. Ya no lucha la tarde y se hace rosa la luz en su cabeza pensativa. Llegan, desde el camino, frescas voces llamándose. La casa, oscurecida, se ha perdido en los árboles, y él oye el dulce nacimiento del amor, escucha su secreto. Ya de nuevo vive su corazón, y el hombre tiembla, siente cargado el pecho, y apresura un llanto fervoroso.