Mis dos realidades

Mis dos realidades

Era un pequeño dios: nací inmortal. Un emisario de oro dejó eternas y vivas las aguas de la mar, y quise recluir el cuerpo en su frescura; pobló de un son de abejas los huertos de naranjos, y en tomo a tantos frutos se volcaba el azahar. Descendía, vasto y suave, el azul a las ramas más altas de los pinos, y el aire, no visible, las movía. El silencio era luz. Desde el centro más duro de mis ojos rasgaba yo los velos de los vientos, el vuelo sosegado de las noches, y tras el rosa ardiente de una lágrima acechaba el nacer de las estrellas. El mundo era desnudo, y sólo yo miraba. y todo lo creaba la inocencia.

El mundo aún permanece. Y existimos. Miradme ahora mortal; sólo culpable.