Dentro de aquella descarnada iglesia la nave era una sombra, cuyo aliento era un vaho de siglos, y en la hondura vimos la luz sesgando el alto muro. Y el sueño humano allí, con los colores del más ardiente engaño, las cenizas del deseo de un hombre sepultadas en árbol, en corcel, séquito o ángel. No puso fantasía ni invención: sobre la faz del hombre y de la tierra dejó el orden debido; y admiramos no la belleza física, la imagen de nuestra carne serenada. Suma de perfección es la cabeza humana, sin fuego de alegría y sin tristeza; ni altiva ni humillada bajo el arco del aire azul, tan quieta la mirada que deja a los caballos sin instinto, sin crecimiento natural al árbol.
Se nos narra una historia de este mundo; el pretexto remoto de unos seres como nosotros mismos, mas sabemos que el bien y el mal aquí no son pasiones. La pintada pared nos muestra el sueño que abolió nuestra escoria: son iguales el moribundo y el que ama, reyes y palafreneros, montes o lanzas, la desnudez y el atavío, sol o noche, los piadosos y el guerrero, la sed y la coraza, quien vigila y el dormido en la tienda, la señora y sus damas, el estandarte rojo y el sepulcro, el joven y el anciano, la indiferencia y el dolor, el hombre y Dios. Enamorado alguna vez, y haciendo realidad el viejo sueño de una mejor naturaleza, quiso la perfección. Recordando el amor, la dicha mantenida, sus pinceles conservaron los hábitos y gestos terrenales, copió la vida toda, y a semejanza de él, aunque visible, un aire hermoso y denso allí respiran logrando un orden nuevo que serena: feliz; sin libertad, vive aquí el hombre. “Palabras a la oscuridad” 1966