Otoño inglés

Otoño inglés

No para ver la luz que baja de los cielos, incierta en estos campos, sino por ver la luz que, del oscuro centro de la tierra, a las hojas asciende y las abrasa. Yo no he salido a ver la luz del cielo sino la luz que nace de los árboles. Hoy lo que ven mis ojos no es un color que a cada instante muda su belleza, y ahora es antorcha de oro, voraz incendio, humareda de cobre, ola apacible de ceniza. Hoy lo que ven mis ojos es el profundo cambio de la vida en la muerte.

Este esplendor tranquilo es el acabamiento digno de una perfecta creación más si se advierte, la consunción penosa de los hombres tan sólo semejantes en su honda soledad, mas con dolor y sin belleza.

El hombre bien quisiera que su muerte no careciese de alguna certidumbre, y así reflejaría en su sonrisa, como esta tarde el campo, una tranquila espera.

(Belleza del durmiente que agita imperceptible el mudo pecho para alzarse después con mayor vida; como en la primavera los árboles del campo.) ¿Cómo en la primavera…? No es lo que veo, entonces, trastorno de la muerte sino el soñar del árbol, que desnuda, su frente de hojarasca, y entra así cristalino en la honda noche que ha de darle más vida.

Es ley fatal del mundo que toda vida acabe en podredumbre, y el árbol morirá, sin ningún esplendor, ya el rayo, el hacha o la vejez lo abatan para siempre. En la fingida muerte que contemplo todo es belleza: el estertor cansado de las aves, la algarabía de unos perros viejos, el agua de este río que no corre, mi corazón, más pobre ahora que nunca pues más ama la vida.

Las rotas alas de la noche caen sobre este vasto campo de ceniza: huele a carroña humana. La luz se ha vuelto negra, la tierra sólo es polvo, llega un viento muy frío. Si fuese muerte verdadera la de este bosque de oro sólo habría dolor si un hombre contemplara la caída. Y he llorado la pérdida del mundo al sentir en mis hombros, y en las ramas del bosque duradero, el peso de una sola oscuridad.