A Juan Gil-Albert
Está la luz despierta, y se adentra en los ojos el contorno del monte, y el grito de los pájaros desvanece el oído al venir de los húmedos huertos. Los blancos pueblos de la costa, felices de lujuria y juventud, alientan junto al mar, lejanos. No estoy allí, mas lo que fui deseo: la dicha viva, los sentidos borrados, ahora que en el jardín el tiempo se arrincona en las sombras, y el olor de las rosas sube al aire. Hay humos blancos y calladas palomas en la altura, y voces que se alejan, hay demasiada vida para una despedida.
Y un día habrá de ser, sin que la grata luz, las voces de la casa, los cultivos del huerto, los días recordados de la remota y breve juventud, ni tampoco el amor que me tenéis, retrasen la obligada despedida.
Tendré que aposentarme en la aridez y perdida la imagen de este mundo y perdido yo mismo, siento que aquel reposo será estéril, que la vida no fue, que el fervor de cualquier despedida es un engaño.