Solo de trompeta

Solo de trompeta

Cuando ya las miradas de todos se conocían vagamente, a través de las pupilas nubladas por el alcohol, de aquella música confusa, de la penumbra de aquel humo, del caos vino un silencio imperceptible, y una trompeta sola, de fuego, nos quemaba la vida.

O acaso era de hielo aquella música: inertes los sonidos, para que cada uno de nosotros los hiciese movibles, los llenase de espíritu. Por cada uno de los hombres la música cantaba diferente: con alegría estéril en la mujer que me miraba, con cansada tristeza en unos yertos labios, y en el muchacho solitario con profunda nostalgia de vejez; la música cantaba diferente, sin que nadie supiera cómo sonaba junta, con qué intenso dolor.

En aquel cuarto oscuro nada correspondía a la verdad del hombre: la emoción estridente del músico era falsa, torpe el engaño de los otros. La verdad es humilde y es sencilla. La soledad, al compartirla con otras soledades, hace más viva la impotencia. y empuja al hombre entonces a regiones heroicas con sólo el sentimiento. Después cae un cansancio sobre el alma por esta lucha inútil, se resiente tanta falsa virtud, la mentida pureza; y cuando la trompeta, desmayada, se extingue en el silencio, sólo quedan visibles, descubiertos al fin, los más ocultos, los más tenaces vicios: se reconocen las miradas, y puede haber piedad, y hasta sentir alguno un tibio amor.

La trompeta de fuego, muda sobre una mesa, la vemos amarilla, y está vieja y rayada.