Es ardiente el pasado, e imposible: breve noche de amor conmigo mismo. F. B.
Al aire del jardín la cama está revuelta de sábanas y luna, y en ellas está el cuerpo solitario y desnudo. Velan los ojos, en las sombras del pino plateado, la hiedra de las tapias, y la vida furtiva de los astros.
Un bulto juvenil de la penumbra surge y ha subido sin ropas a mi lecho, y en la tarea del amor completa la noche ahora tan breve. Este mudo muchacho está encendido de una pasión oscura y alejada, y sus dientes furiosos y su lengua dulcísima rescatan de mi carne la densidad del tiempo. En el azar del mundo su vida ha retornado con revueltos cabellos, y ahora mudo, y ha cruzado después las puertas de la noche.
Desde el balcón le espío llegar hasta la esquina de la casa, y allí ha permanecido en la mejilla de la primera luz. Con el sol y los pájaros el día se hace largo, y en la esquina el muchacho ya es este mudo anciano que vigila el balcón allí donde él se mira con un cuerpo aún robusto y fatigado.
Borrada juventud, perdida vida, ¿en qué cueva de sombras arrojar las palabras?