¿Rogarla? ¿Desdeñarme? ¿Amarla? ¿Seguirla? ¿Defenderse? ¿Asirla? ¿Airarse? ¿Querer y no querer? ¿Dejar tocarse ya persuasiones mil mostrarse firme?
¿Tenerla bien? ¿Probar a desasirse? ¿Luchar entre sus brazos y enojarse? ¿Besarla a su pesar y ella agraviarse? ¿Probar, y no poder, a despedirme?
¿Decirme agravios? ¿Reprenderme el gusto? ¿Y en fin, a beaterías de mi prisa, dejar el ceño? ¿No mostrar disgusto?
¿Consentir que la aparte la camisa? ¿Hallarlo limpio y encajarlo justo? Esto es amor y lo demás es risa.
Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado, un cobarde con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero parasismo, enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es tu abismo: mirad cuál amistad tendrá con nada el que en todo es contrario de sí mismo.
Miro este monte que envejece enero, y cana miro caducar con nieve su cumbre, que aterido, oscuro y breve, la mira el sol, que la pintó primero.
Veo que en muchas partes, lisonjero, o regal sus hielos o los bebe; que agradecido a su piedad se mueve el músico cristal, libre y parlero.
Mas en los Alpes de tu pecho airado no miro que tus ojos a los míos regalen, siendo fuego, el hielo amado.
Mi propia llama multiplica fríos y en mis cenizas mesmas ardo helado, invidiando la dicha de estos ríos.
¿Con qué culpa tan grave, sueño blando y süave, pude en largo destierro merecerte, que se aparte de mí tu olvido manso? Pues no te busco yo por ser descanso sino por muda imagen de la muerte.
Cuidados veladores hacen inobedientes mis dos ojos a la ley de las horas: no han podido vencer a mis dolores 10 las noches, ni dar paz a mis enojos.
Madrugan más en mí que en las auroras lágrimas a este llano, que amanece a mi mal siempre temprano; y tanto, que persuade la tristeza a mis dos ojos, que nacieron antes para llorar, que para verse sueño.
De sosiego los tienes ignorantes, de tal manera, que al morir el día con luz enferma vi que permitía el sol que le mirasen en Poniente. Con pies torpes al punto, ciega y fría, cayó de las estrellas blandamente la noche, tras las pardas sombras mudas, que el sueño persuadieron a la gente.
Escondieron las galas a los prados, estas laderas y sus peñas solas; duermen ya entre sus montes recostados los mares y las olas. Si con algún acento ofenden las orejas, es que entre sueños dan al cielo quejas del yerto lecho y duro acogimiento, que blandos hallan en los cerros duros.
Los arroyuelos puros se adormecen al son del llanto mío, y a su modo también se duerme el río. Con sosiego agradable se dejan poseer de ti las flores; mudos están los males, no hay cuidado que hable, faltan lenguas y voz a los dolores, y en todos los mortales yace la vida envuelta en alto olvido.
Tan sólo mi gemido pierde el respeto a tu silencio santo: yo tu quietud molesto con mi llanto, y te desacredito el nombre de callado, con mi grito. Dame, cortés mancebo, algún reposo: no seas digno del nombre de avariento, en el más desdichado y firme amante, que lo merece ser por dueño hermoso.
Débate alguna pausa mi tormento; gózante en las cabañas, y debajo del cielo los ásperos villanos: hállate en el rigor de los pantanos, y encuéntrate en las nieves y en el hielo el soldado valiente, y yo no puedo hallarte, aunque lo intenté, entre mi pensamiento y mi deseo.
Ya, pues, con dolor creo que eres más riguroso que la tierra, más duro que la roca, pues te alcanza el soldado envuelto en guerra; y en ella mi alma por jamás te toca. Mira que es gran rigor: dame siquiera lo que de ti desprecia tanto avaro, por el oro en que alegre considera, hasta que da la vuelta el tiempo claro.
Lo que había de dormir en blando lecho, y da el enamorado a su señora, y a ti se te debía de derecho; dame lo que desprecia de ti agora por robar el ladrón; lo que desecha el que envidiosos celos tuvo y llora.
Quede en parte mi queja satisfecha, tócame con el cuento de tu vara, oirán siquiera el ruido de tus plumas mis desventuras sumas; que yo no quiero verte cara a cara, ni que hagas más caso de mí, que hasta pasar por mí de paso; o que a tu sombra negra por lo menos, si fueres a otra parte peregrino, se le haga camino por estos ojos de sosiego ajenos. Quítame, blando sueño, este desvelo, o de él alguna parte, y te prometo, mientras viere el cielo, de desvelarme sólo en celebrarte.
¡Qué verdadero dolor, y qué apurado sufrir! ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!
¡Qué cuidados a millares! ¡Qué encuentros de pareceres! ¡Qué limitados placeres, y qué colmados pesares!
¡Que amor y qué desamor! ¡Qué ofensas, qué resistir! ¡Qué mentiroso vivir, qué puro morir de amor!
¡Qué admitidos devaneos! ¡Qué amados desabrimientos! ¡Qué atrevidos pensamientos y qué cobardes deseos!
¡Qué adorado disfavor! ¡Qué enmudecido sufrir! ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!
¡Qué negociados engaños y qué forzosos tormentos! ¡Qué aborrecidos alientos y qué apetecidos daños!
¡Y qué esfuerzo y qué temor! ¡Qué no ver, qué prevenir! ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!
¡Qué enredos, ansias, asaltos, y qué conformes contrarios! ¡Qué cuerdos, qué temerarios! ¡Qué vida de sobresaltos!
Y que no hay muerte mayor que el tenerla y no morir. ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!