En lo penoso de estar enamorado

En lo penoso de estar enamorado

¡Qué verdadero dolor, y qué apurado sufrir! ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!

¡Qué cuidados a millares! ¡Qué encuentros de pareceres! ¡Qué limitados placeres, y qué colmados pesares!

¡Que amor y qué desamor! ¡Qué ofensas, qué resistir! ¡Qué mentiroso vivir, qué puro morir de amor!

¡Qué admitidos devaneos! ¡Qué amados desabrimientos! ¡Qué atrevidos pensamientos y qué cobardes deseos!

¡Qué adorado disfavor! ¡Qué enmudecido sufrir! ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!

¡Qué negociados engaños y qué forzosos tormentos! ¡Qué aborrecidos alientos y qué apetecidos daños!

¡Y qué esfuerzo y qué temor! ¡Qué no ver, qué prevenir! ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!

¡Qué enredos, ansias, asaltos, y qué conformes contrarios! ¡Qué cuerdos, qué temerarios! ¡Qué vida de sobresaltos!

Y que no hay muerte mayor que el tenerla y no morir. ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!

Estaba una fregona por enero…

Estaba una fregona por enero metida hasta los muslos en el río, lavando paños, con tal aire y brío, que mil necios traía al retortero.

Un cierto Conde, alegre y placentero, le preguntó con gracia: «¿Tenéis frío?» respondió la fregona: «Señor mío, siempre llevo conmigo yo un brasero.»

El Conde, que era astuto, y supo dónde, le dijo, haciendo rueda como pavo, que le encendiese un cirio que traía.

Y dijo entonces la fregona al Conde, alzándose las faldas hasta el rabo: «Pues sople este tizón vueseñoría.»