Estaba una fregona por enero...

Estaba una fregona por enero…

Estaba una fregona por enero metida hasta los muslos en el río, lavando paños, con tal aire y brío, que mil necios traía al retortero.

Un cierto Conde, alegre y placentero, le preguntó con gracia: «¿Tenéis frío?» respondió la fregona: «Señor mío, siempre llevo conmigo yo un brasero.»

El Conde, que era astuto, y supo dónde, le dijo, haciendo rueda como pavo, que le encendiese un cirio que traía.

Y dijo entonces la fregona al Conde, alzándose las faldas hasta el rabo: «Pues sople este tizón vueseñoría.»

Cargado voy de mí; veo delante muerte que me amenaza la jornada; ir porfiando por la senda errada, más de necio será que de constante.

Si por su mal me sigue ciego amante, que nunca es sola suerte desdichada, ¡ay!, vuelva en sí, y atrás; no dé pisada donde la dio tan ciego caminante.

Ved cuán errado mi camino ha sido; cuán sólo y triste, y cuán desordenado, que nunca así le anduvo pie perdido;

pues por no desandar lo caminado, viendo delante y cerca fin temido, con pasos que otros huyen, le he buscado.

En crespa tempestad del oro undoso nada golfos de luz ardiente y pura mi corazón, sediento de hermosura, si el cabello deslazas generoso.

Leandro en mar de fuego proceloso, su amor ostenta, su vivir apura; Icaro en senda de oro mal segura arde sus alas por morir glorioso.

Con pretensión de fénix, encendidas sus esperanzas, que difuntas lloro, intenta que su muerte engendre vidas.

Avaro y rico, y pobre en el tesoro, el castigo y la hambre imita a Midas, Tántalo en fugitiva fuente de oro.

Fue sueño ayer, mañana será tierra. ¡Poco antes nada, y poco después humo! ¡Y destino ambiciones, y presumo apenas punto al cerco que me cierra!

Breve combate de importuna guerra, en mi defensa, soy peligro sumo, y mientras con mis armas me consumo, menos me hospeda el cuerpo que me entierra.

Ya no es ayer, mañana no ha llegado; hoy pasa y es y fue, con movimiento que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento que a jornal de mi pena y mi cuidado cavan en mi vivir mi monumento.

Esa color de rosa y de azucena y ese mirar sabroso, dulce, honesto, y ese hermoso cuello, blanco, inhiesto, y boca de rubíes y perlas llena;

la mano alabastrina que encadena al que más contra Amor está dispuesto, y el más libre y tirano presupuesto destierra de las almas y enajena.

Era rica y hermosa primavera, cuyas flores de gracias y hermosura ofendellas no puede el tiempo airado;

son ocasión que viva yo y que muera, y son de mi descanso y mi ventura principio y fin, y alivio del cuidado.

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!, menos bien las estudias que las vendes; lo que te compran solamente entiendes; más que Jasón te agrada el Vellocino.

El humano derecho y el divino, cuando los interpretas, los ofendes, y al compás que la encoges o la extiendes, tu mano para el fallo se previno.

No sabes escuchar ruegos baratos, y sólo quien te da te quita dudas; no te gobiernan textos, sino tratos.

Pues que de intento y de interés no mudas, o lávate las manos con Pilatos, o, con la bolsa, ahórcate con Judas.

¿De qué sirve presumir, rosal, de buen parecer, si aun no acabas de nacer cuando empiezas a morir? Hace llorar y reír vivo y muerto tu arrebol en un día o en un sol: desde el Oriente al ocaso va tu hermosura en un paso, y en menos tu perfección. Rosal, menos presunción donde están las clavellinas, pues serán mañana espinas las que agora rosas son.

No es muy grande la ventaja que tu calidad mejora: si es tu mantilla la aurora, es la noche tu mortaja. No hay florecilla tan baja que no te alcance de días, y de tus caballerías, por descendiente de la alba, se está riendo la malva, cabellera de un terrón. Rosal, menos presunción donde están las clavellinas, pues serán mañana espinas las que agora rosas son.

Madre, yo al oro me humillo; él es mi amante y mi amado, pues, de puro enamorado, de contino anda amarillo. Que pues, doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero poderoso caballero es don Dinero.

Nace en las Indias honrado, donde el mundo le acompaña; viene a morir en España, y es en Génova enterrado. Y pues quien le trae al lado es hermoso, aunque sea fiero, poderoso caballero es don Dinero.

Es galán y es como un oro, tiene quebrado el color persona de gran valor, tan cristiano como moro. Pues que da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero poderoso caballero es don Dinero.

Son sus padres principales, y es de nobles descendientes, porque en las venas de Oriente todas las sangres son reales. Y pues es quien hace iguales al duque y al ganadero poderoso caballero es don Dinero.

Mas ¿a quién no maravilla ver en su gloria, sin tasa, que es lo menos de su casa doña Blanca de Castilla? Pero pues da al bajo silla y al cobarde hace guerrero poderoso caballero es don Dinero.

Sus escudos de armas nobles son siempre tan principales, que sin sus escudos reales no hay escudos de armas dobles. Y pues a los mismos robles da codicia su minero, poderoso caballero es don Dinero.

Por importar en los tratos y dar tan buenos consejos, en las casas de los viejos gatos le guardan de gatos. Y pues él rompe recatos y ablanda al juez más severo, poderoso caballero es don Dinero.

Y es tanta su majestad (aunque son sus duelos hartos) que con haberle hecho cuartos, no pierde su autoridad. Pero pues da calidad al noble y al pordiosero, poderoso caballero es don Dinero.

Nunca vi damas ingratas a su gusto y afición, que a las caras de un doblón hacen sus caras baratas. Y pues las hace bravatas desde una bolsa de cuero, poderoso caballero es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra (mirad si es harto sagaz) sus escudos en la paz que rodelas en la guerra. Y pues al pobre le entierra y hace propio al forastero, poderoso caballero es don Dinero.

Esforzaron mis ojos la corriente de este, si fértil, apacible río; y cantando frené su curso y brío: ¡tanto puede el dolor en un ausente!

Miréme incendio en esta clara fuente antes que la prendiese yelo frío, y vi que no es tan fiero el rostro mío que manche, ardiendo, el oro de tu frente.

Cubrió nube de incienso tus altares, coronélos de espigas en manojos, sequé, crecí con llanto y fuego a Henares.

Hoy me fuerzan mi pena y tus enojos (tal es por ti mi llanto) a ver dos mares en un arroyo, viendo mis dos ojos.

Mil veces callo que romper deseo el cielo a gritos, y otras tantas tiento dar a mi lengua voz y movimiento, que en silencio mortal yacer la veo;

anda cual velocísimo correo por dentro al alma el suelto pensamiento con alto y de dolor lloroso acento, casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.

No halla la memoria o la esperanza rastro de imagen dulce y deleitable con que la voluntad viva segura:

cuanto en mí hallo es maldición que alcanza, muerte que tarda, llanto inconsolable, desdén del Cielo, error de la ventura.

Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo; vi que el sol bebía los arroyos del yelo desatados, y del monte quejosos los ganados, que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada, de anciana habitación era despojos; mi báculo, más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada, y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte.

Piedra soy en sufrir pena y cuidado y cera en el querer enternecido, sabio en amar dolor tan bien nacido, necio en ser en mi daño porfiado,

medroso en no vencerme acobardado, y valiente en no ser de mí vencido, hombre en sentir mi mal, aun sin sentido, bestia en no despertar desengañado.

En sustentarme entre los fuegos rojos, en tus desdenes ásperos y fríos, soy salamandra, y cumplo tus antojos;

y las niñas de aquestos ojos míos se han vuelto, con la ausencia de tus ojos, ninfas que habitan dentro de dos ríos.

Tras arder siempre, nunca consumirse, y tras siempre llorar, nunca acosarme; tras tanto caminar, nunca cansarme, y tras siempre vivir, jamás morirme;

después de tanto mal, no arrepentirme; tras tanto engaño, no desengañarme; después de tantas penas, no alegrarme, y tras tanto dolor, nunca reírme;

en tantos laberintos, no perderme, ni haber tras tanto olvido recordado, ¿qué fin alegre puede prometerme?

Antes muerto estaré que escarmentado; ya no pienso tratar de defenderme, sino de ser de veras desdichado.

¿Qué captas, noturnal, en tus canciones, Góngora bobo, con crepusculallas, si cuando anhelas más garcivolallas, las reptilizas más y subterpones?

Microcósmote Dios de inquiridiones, y quieres te investiguen por medallas como priscos, estigmas o antiguallas, por desitinerar vates tirones.

Tu forasteridad es tan eximia, que te ha de detractar el que te rumia, pues ructas viscerable cacoquimia,

farmacofolorando como numia, si estomacabundancia das tan nimia, metamorfoseando el arcadumia.

¡Fue sueño ayer; mañana será tierra! ¡Poco antes, nada; y poco después, humo! ¡Y destino ambiciones, y presumo apenas punto al cerco que me cierra!

Breve combate de importuna guerra, en mi defensa soy peligro sumo; y mientras con mis armas me consumo menos me hospeda el cuerpo, que me entierra.

Ya no es ayer; mañana no ha llegado; hoy pasa, y es, y fue, con movimiento que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento, que, a jornal de mi pena y mi cuidado, cavan en mi vivir mi monumento.

¿Qué imagen de la muerte rigurosa, qué sombra del infierno me maltrata? ¿Qué tirano cruel me sigue y mata con vengativa mano licenciosa?

¿Qué fantasma, en la noche temerosa, el corazón del sueño me desata? ¿Quién te venga de mí, divina ingrata, más por mi mal que por tu bien hermosa?

¿Quién, cuando, con dudoso pie y incierto, piso la soledad de aquesta arena, me puebla de cuidados el desierto?

¿Quién el antiguo son de mi cadena a mis orejas vuelve, si es tan cierto, que aun no te acuerdas tú de darme pena?

y no profana el secreto

Arder sin voz de estrépito doliente no puede el tronco duro inanimado; el roble se lamenta, y, abrasado, el pino gime al fuego, que no siente.

¿Y ordenas, Floris, que en tu llama ardiente quede en muda ceniza desatado mi corazón sensible y animado, víctima de tus aras obediente?

Concédame tu fuego lo que al pino y al roble les concede voraz llama: piedad cabe en incendio que es divino.

Del volcán que en mis venas se derrama, diga su ardor el llanto que fulmino; mas no le sepa de mi voz la Fama.

El amor conyugal de su marido su presencia en el pecho le revela; teje de día en la curiosa tela lo mismo que de noche ha destejido.

Danle combates interés y olvido, y de fe y esperanza se abroquela, hasta que dando el viento en popa y vela, le restituye el mar a su marido.

Ulises llega, goza su querida, que por gozarla un día dio veinte años a la misma esperanza de un difunto.

Mas yo sé de una fiera embravecida que veinte mil tejiera por mis daños, y al fin mis daños son no verme un punto.

Éstas son y serán ya las postreras lágrimas que, con fuerza de voz viva, perderé en esta fuente fugitiva, que las lleva a la sed de tantas fieras.

¡Dichoso yo que, en playas extranjeras, siendo alimento a pena tan esquiva, halle muerte piadosa, que derriba tanto vano edificio de quimeras!

Espíritu desnudo, puro amante, sobre el sol arderé, y el cuerpo frío se acordará de Amor en polvo y tierra.

Yo me seré epitafio al caminante, pues le dirá, sin vida, el rostro mío: “Ya fue gloria de Amor hacerme guerra.”

Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido El adulterio la vergüenza al Cielo, Pues licenciosa, libre, y tan sin velo Ofendes la paciencia del sufrido.

Por Dios, por ti, por mí, por tu marido, No sirvas a su ausencia de libelo; Cierra la puerta, vive con recelo, Que el pecado se precia de escondido.

No digo yo que dejes tus amigos, Mas digo que no es bien estén notados De los pocos que son tus enemigos.

Mira que tus vecinos, afrentados, Dicen que te deleitan los testigos De tus pecados más que tus pecados.

Crespas hebras, sin ley desenlazadas, en un tiempo tuvo entre las manos Midas; en nieve estrellas negras encendidas, y cortésmente en paz de ella guardadas. ~

Rosas a abril y mayo anticipadas, de la injuria del tiempo defendidas; auroras en la risa amanecidas, con avaricia del clavel guardadas.

Vivos planetas de animado cielo, por quien a ser monarca Lisi aspira de libertades, que en sus luces ata.

Esfera es racional, que ilustra el suelo, en donde reina el Amor cuanto ella mira, y en donde vive Amor cuanto ella mata.

Si quien ha de pintaros ha de veros, y no es posible sin cegar miraros, ¿quién será poderoso a retrataros, sin ofender su vista y ofenderos?

En nieve y rosas quise floreceros; mas fuera honrar las rosas y agraviaros; dos luceros por ojos quise daros; mas ¿cuándo lo soñaron los luceros?

Conocí el imposible en el bosquejo; mas vuestro espejo a vuestra lumbre propia aseguró el acierto en su reflejo.

Podráos él retratar sin luz impropia, siendo vos de vos propia, en el espejo, original, pintor, pincel y copia.

Si dios eres, Amor, ¿cuál es tu cielo? Si señor, ¿de qué renta y de qué estados? ¿Adónde están tus siervos y criados? ¿Dónde tienes tu asiento en este suelo?

Si te disfraza nuestro mortal velo, ¿cuáles son tus desiertos y apartados? Si rico, ¿do tus bienes vinculados? ¿Cómo te veo desnudo al sol y al yelo?

¿Sabes qué me parece, Amor, de aquesto? Que el pintarte con alas y vendado, es que de ti el pintor y el mundo juega.

Y yo también, pues sólo el rostro honesto de mi Lisis así te ha acobardado, que pareces, Amor, gallina ciega.

Riéndose está el ratón, en el umbral de su cueva, del caracol ganapán, que va con su casa a cuestas. Y viendo como arrastrando por su corcova la lleva, muy camello de poquito, le dijo de esta manera: “Dime, cornudo vecino, de un cuerno en que tú te hospedas, ¿qué callo de pie trazó una alcoba tan estrecha? Tú vives emparedado, sin castigo o penitencia, y, hecho chirrión de tu casa, la mudas y la trasiegas. Vestirse de un edificio invención de sastre es nueva: tú, albañil enjerto en sastre, te vistes y te aposentas. El vivir un lobanillo, es de pobre y de materia; y nunca salir de casa, de persona muy enferma. Verruga andante pareces, que ha producido la tierra; muy preciado de que todo sólo tú un palacio llenas. Si te viniese algún güésped, ¿qué aposento le aparejas tú, que en la mano de un gato, por no admitirle, te encierras? Yo te llevaré a la corte, en donde no te defienda de tercera parte o güésped tu casilla tan estrecha. ¿No te fuera más descanso andarte por estas selvas, y en estos agujerillos tener tu cama y tu mesa? Riéndose están de ti los lagartos en las peñas, los pájaros en los nidos, las ranas en las acequias. Esa casa es tu mortaja: de buena cosa te precias, pues vives el ataúd, donde es forzoso que mueras. De una fábrica presumes que Vitrubio no la entienda; y si vale un caracol, en dos ninguna la precia. Y citar puedo a Vitrubio, porque soy ratón de letras, que en casa de un arquitecto, comí a Viñola una nesga. Sacar los cuernos al sol, ningún marido lo aprueba, aunque de ellos coma; y tú muy en ayunas los muestras. Dirás que me caza el gato, con todas estas arengas; ¿y a ti no te echan la uña los viernes y las cuaresmas? ¿No te guisan y te comen entre abadejo y lentejas? ¿Y hay, después de estar guisado, alfiler que no te prenda? Pero de matraca baste, que yo espero gran respuesta; y, aunque soy más cortesano, me he de correr más aprisa.